Otro juglar que "muere para vivir"

Viglietti, una voz testigo y profética

Carlos M. Romero Sosa

Domingo 12 de noviembre de 2017  

“Dale tu mano al indio/, dale que te hará bien”, cantaba en Nicaragua Daniel Viglietti en 1983, al presentar ante un público fervoroso y consustanciado con la revolución sandinista a cuatro años de la entrada en Managua del FSLN, las composiciones de su disco “Canciones para mi América”.

Es de admitir la vigencia de ese mensaje reivindicativo y fraterno, por de pronto en esta Argentina cuando tanto hambre de pan y agua sufren los miembros de las etnias wichis y qom del NOA y NEA y existe un particular señalamiento y hostigamiento hacia las comunidades mapuches de la Patagonia.

Siempre la reacción tiene una carta ganadora en la manga; y ese As resulta ser ahora la justificación del desmonte para plantar soja en un caso y en el otro la presunción, sin fundamento histórico, de extranjería chilena del pueblo mapuche.

Así, en tanto los que mandan argumentan en resguardo de sus intereses y con un silencio cómplice hubo medios de prensa de aquí que ignoraron la noticia de la muerte del artista ocurrida días pasados, otros sumándole al dolor una cuota de nostalgia de tiempos con más ilusiones que negocios, sufrimos ese fallecimiento que ocurrió en su ciudad natal: el Montevideo de Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano, Líber Seregni o Alfredo Zitarrosa.

Y también del periódico Marcha y de “Montevideanos”, los cuentos de su amigo Mario Benedetti con sus anónimos y despojados personajes sostenidos o tironeados por sus cotidianeidades: las grises rutinas protagonistas a veces de las ficciones, más incluso que los mismos actores prisioneros de aquéllas. Con Benedetti realizó el cantautor y guitarrista de formación clásica, memorables recitales musicales y poéticos.

Viglietti fue profeta, aunque antes que augurar destrucciones como un nuevo Jonás en Nínive, propuso como “última ratio” ante el fuego de la explosión social, las formas de impedirlo. Más allá de que el gobierno de su país que lo encarceló en 1972 y lo obligó al exilio después imaginara, por el contrario, que su mensaje encendía rebeldías.

Sin rendirse, desensillar hasta que aclare o bajar el perfil, convocó a desalambrar, quizá sin haber tomado nota del viejo mandato de Sarmiento “¡Alambran, bárbaros!”. Y en su “Milonga de andar lejos”, instó a “formar el mapa con todos,/ mestizos, negros y blandos”. Y la nota fundamental, pregonó “trazarlo codo con codo.

En tanto que de otra canción: Gurisito, sigue enterneciendo en su letra, la bendición laica para el retoño de los desposeídos. “Y aunque nazcas pobre,/ te traigo también: se precisan niños/ para amanecer”, un himno contra la prevención burguesa al derecho de los pobres a engendra hijos. Aquí y ahora también se escucha eso de que se embarazan por el subsidio, prejuicio cruel coincidente con el proyecto imperialista despoblador del Tercer Mundo que ya había anticipado en 1971 Galeano en su icónico libro “Las venas abiertas de América Latina”: “Robert McNamara, el presidente del Banco Mundial que había sido presidente de la Ford y secretario de Defensa, afirma que la explosión demográfica constituye el mayor obstáculo para el progreso de América Latina”.

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Camilo Torres Restrepo

Pero de todas sus canciones, Cruz de Luz, con versos de Víctor Jara, es quizá la composición más distintiva de un momento histórico del que fueron testigos los que eran –los que éramos- adolescentes a mediados de los ´60: cuando la opción por los pobres de algunos sectores de la Iglesia latinoamericana, se hizo acción y trascendió los términos tibios del socialcristianismo hasta el extremo del sacrificio en 1966 y en las montañas de Colombia, del sacerdote y sociólogo Camilo Torres Restrepo, integrante del Ejército de Liberación Nacional.

Cruz de Luz representa un homenaje digno de su inspirador, cuyo testimonio de entrega movilizó entonces a muchos fieles católicos. Precisamente por tratarse de un hombre de la Iglesia -del que habría que buscar un antecedente en el teólogo de la revolución campesina de 1525 estudiada por Engels, el religioso alemán Thomas Müntzer-, y no de un agnóstico o un no creyente como sería el caso del Che Guevara asesinado en Bolivia al año siguiente. A Camilo Torres “Lo clavaron con balas/ sobre una cruz./ Lo llamaron bandido/ como a Jesús”, como cantaba Viglietti y esa identificación del guerrillero de sotana con el mismo Cristo, tocaba el alma y desarmaba las conciencias hechas a las rigidez preconciliar.

“Cuentan que tras la bala/ se oyó una voz./ Era Dios que gritaba:/ ¡Revolución!”, continuaba Viglietti retomando actualizado al lenguaje del siglo XX el versículo del libro del Éxodo que reza: “El Señor es fuerte guerrero, su nombre es Señor”.

Porque aquel Dios liberador de los israelitas de la esclavitud de Egipto, es también el que invocó Jara y entonó el uruguayo. Otro dios será el de las jerarquías eclesiásticas proclives al sistema capitalista y los capellanes militares dados al hábito de bendecir armas para la represión. Claro que en la sangre contra la sangre derramada hace medio siglo, sólo se manchó la Utopía sin fundar un mundo mejor.

Recién en la siguiente década del ´70, a cuántos de los subyugados por el ejemplo del colombiano revivido en la voz y la guitarra de Viglietti: “Lo mataron cuando iba/ por un fusil./ Camilo Torres muere/ para vivir”, les tocó repensar el tema de la violencia de abajo para cambiar las estructuras injustas; y ello al ser sacudidos por la consigna de otro sacerdote mártir, el argentino Carlos Mugica: “Estoy dispuesto a morir, pero no estoy dispuesto a matar”.

Uno y otro religioso trazaron caminos por los que peregrinaron -y peregrinamos- varias generaciones.

Carlos Maria Romero Sosa
camaroso2002@yahoo.com.ar