"Dadyman"

Un ejercicio sano de memoria y humor

Patricia Monserrat Rodríguez

Martes 5 de junio de 2012  

El cómico Rubén Dady Brieva se presentó el fin de semana en Salta y Jujuy, colmó las butacas disponibles, atiborró los recovecos de la emoción, arrancó carcajadas viscerales, expuso su vida en nuestras manos, delineó su ideología en un sano ejercicio del psicoanálisis freudiano, nos revolcó en imágenes, palabras y prácticas de los años de su niñez y juventud.

Así como te llevó Dady también nos sacó de esa catarata de nostalgias e impresiones con una sonrisa que se dibuja sola en la cara mientras su texto preludia y remata con “les voy a hablar de un tiempo en que éramos felices con nada”” un tiempo del que no queda registro, en un buen ejercicio de memoria que nos hace bien”.

Cualquiera dirá que se sitúa en el lugar tan visitado por nostalgiosos escépticos “antes todo era mejor” o “antes no pasaban estas cosas”. Pero no. Nada que ver.
Dady abreva en el pasado familiar y vecinal para elaborar con cada fragmento de memoria una vida cada vez más nueva, más desafiante y rejuvenecedora. No se percibe amargura ni ingratitud o reproches en sus textos. Cada imagen va despertando los sentidos y activa neuronas de la memoria; es una forma de paseo por la papelera de reciclaje en la que rescata ávidamente algunos documentos abandonados. Lo que Dady hace en “Monólogos de barrio” es una apropiación a la que nos invita.

No se pone como ejemplo, pues se lo reconoce lejos de esa actitud “argenta”, no divide aguas ni genera tensiones con el relato de sus vivencias, se deja atravesar por los momentos que lo marcaron de niño y nos atraviesa cuando se entrega a esa ceremonia humorística en la que se le otorga valor a los rituales familiares.
El monólogo se llena a cada rato de paradojas, de absurdos, torpezas, de gestos tan vergonzantes como humanos; un aire de familia se instala en el escenario y nos involucra a todos en las imágenes que se van erigiendo ante nosotros.

El capocómico ha alcanzado claves de humor que lo hacen emerger como un comediante y actor completo en el que se mixtura algo de Bores, algo de Olmedo, algo de Altavista.

“Monólogos de barrio” recupera las noches de Navidad de los 70, los inicios de la clase media obrera, las prácticas comunicacionales en las que las tecnologías no asomaban ni la nariz. Celus, tablets, stress, fobias urbanas y demás yerbas actuales eran una ficción lejana para los años del relato del ex Midachi. Años en los que el varón, padre de familia entonaba a solas un tango para la ceremonia de afeitarse en el patio, momentos en los que los niños cantaban en rondas o juegos sin distinciones de género, días en los que la libertad permitía que todos los límites fueran visibles pero no limitantes.

La riqueza del trabajo está en la permanente dialéctica en la que el cómico fluctúa, no hace valoraciones ni superposiciona un tiempo sobre el otro. Pone ambos sistemas en paralelo y se ríe de ambos, se siente cómodo tanto acá como allá. Desde la soledad de la metrópoli porteña en la que ha hallado su lugar en la profesión clava y se nutre en mojones de su infancia santafesina de barrio para conocer su recorrido actual tanto en lo profesional como en lo personal.

Hay que destacar la dinámica y el tempo que logra con su espectáculo, la gestalt de imágenes y emociones que provoca y la multiplicidad de signos que crea con un trajecito vistoso, bandas sonoras, algo de luz y gran profesionalismo actoral. Pero la principal herramienta que desarrolla es la fantástica elocuencia que logra haciendo uso de la oralidad.

Por ser cómico el unipersonal que acercó a Dady esta vez a Salta-recordemos que ya había sido un éxito su visita anterior- el trabajo no carece de compromiso ideólogico. Todo aquello que rescata de la memoria es también aquello que cuestiona, que problematiza y desde el humor elabora la crítica más eficaz pues no degrada ni alegoriza. Dice lo que piensa y eso en este país es mucho, ahora que se silencia o se milita.

En una entrevista que circula por la red se define como un cronista, habría que redefinirlo como un juglar de su propio destino. Un juglar posmo, quien despojándose de la parafernalia de tecnologías que ansian ser consumos, hace un espectáculo de si mismo con sólo las palabras que vuelven a entramar historias.

  • Patricia Monserrat Rodríguez
    Crítica teatral