El día viernes 8 de mayo de 2009 se colgó el cartelito “entradas agotadas” en la ventanilla de Casa de la Cultura y un murmullo constante de adolescentes acomodados empezó a bullir en los pasillos de acceso a la sala Juan Carlos Dávalos a eso de las 20.30.
El deseo que los convocó era el show del programa televisivo tucumano “República de Tucumán”, traído a Salta por una producción especial de Cristina Idiarte y Fernando Subelza.
Larga y confusa fue la fila de espectadores que más allá de la vereda buscaban ansiosamente al “amigo de un amigo del primo de xxx” con tal de colarse y entrar antes para conseguir una mejor ubicación para ver el show tuculandiano.
Y es justamente eso lo convocante de este espectáculo: República de Tucumán está inscripto en una fisura del teatro comercial y del teatro independiente: con las estrategias mediáticas y marketineras del primero, y el valor de la resistencia cultural del segundo.
Construye una especie de espectáculo delivery-shock. Te da lo que pedís. Ver a los hacedores de cerca y no a través de la red o de la pantalla, fórmula que ya usaron tantos oportunos productores de programas de teenagers porteños para consolidar ratings y llenar bolsillos a costa de los consumidores incondicionales.

- Elenco de República de Tucumán
RdT (República de Tucumán) te posibilita una experiencia de comunión social, una comunión generada en la virtualidad y consolidada en la escena. Todos iban ahí a ver videos “doblados”, trozos editados de clips que ya vieron en soporte virtual o en la misma tele tucumana. A escuchar los temas musicales en vivo que ya escucharon en el programa y que ya se bajaron de la web a sus celulares y que catapultó a los hacedores a un circuito de público que no habían imaginado.
Esta necesidad de los fans de ir a la sala, de pagar una entrada, de sentirse parte de un hecho artístico, comprarse una identidad , hacer una comunión con lo que se dice y lo que sucede en el show. Estas características hacen devenir a este espectáculo es más que eso: RdT es un fenómeno para interesados en los extraños mecanismos sociales actuales.
República de Tucumán hizo saltar las boleterías y provocó otro tumulto, no el que acostumbramos ver en los diarios, no había grito histérico en la platea sino una forma de devoción extraña. Seguramente no saldrá en tapas de diarios nacionales, o en página central de espectáculos ni siquiera creo en las provincias del noa mismo. Pero, se trata de un producto que se ha colado por las fisuras del sistema. Internet hizo visible una decisión de hacer humor de lo propio-la idiosincrasia tucumana- con una producción más bien austera pero que complace ampliamente las demandas de sus cyberseguidores.
Y el contenido del show no diverge tanto de los conocidos espectáculos teenagers, con resabios tinellescos , algo de Capusoto pero tan único en su enunciación de “lo tucumano” que adquiere rasgos de fenómeno.
Durante unas dos horas y media casi tres actores tucumanos (Gabriel Carreras- Pablo Latapie y Martín) y una banda de músicos “se roban” el escenario. Se ríen de su naturaleza, del imaginario circulante de su naturaleza, de lo que produce su identidad en los otros, de sus personajes urbanos, de sus formas de hablar plagadas hiperbólicamente de groserías legitimadas y de sus comidas legendarias indignas de cualquier gourmet elegante y sobrio. Hacen un show con casi nada y dicen casi todo lo que es un tucumano y lo que esa urbe-aldea produce a un sujeto que la habita.

- Escena de la obra tucumana
El show se compone de pequeños momentos presentados por el actor Gabriel Carreras, [1] uno de los más jóvenes y excelentes actores de teatro que tiene el Jardín de la República. La banda Tal para cual condimenta los espacios vacíos con letras recargadas de sorna: a un beneficiario de plan social que además no quiere “trabajar” se le pide en el estribillo que vaya “a marca la tarjé para poder cobrar el tické”. Toda una letra y una toma de posición política en boca de unos jóvenes que con toques de inteligencia aportan sus lecturas de la realidad argentina. Además están otros temas ya más cargados de escatología musical, la chacarera de la mandarina en la que los músicos se presentan empañalados en escena.
Los sketchs son la oportunidad para presentar a los clásicos personajes del programa televisivo: tres policías que evocan a “Mosca y Smith” [2] que dan pena por lo sonsos y vagos que son, el superhéroe degradado Tucu Man y su primo Super Gaucho, un profesor de tucumanidades y sus dos alumnos de mejor promedio que montan allí mismo una clase de posibles sentidos de la palabra aca para desprevenidos ignorantes que visiten Tucumán.
La escena de los policías que van a probarse a la Federal en Buenos Aires y luego a competir con la policía de Nu York no tienen desperdicio. Se trata del montaje de chistes y remates que brinda a los actores la posibilidad de desplegar gags e interactuar con el público a la manera de la revista porteña, con la gracia inteligente y natural de un “morocho” de los nuestros. Igualmente, la escena del sánguche de milanesa y su reinvindicación justiciera permite una lectura en plano detalle de la identidad tucumana. El punto más flaco de la propuesta se hace notable en el cierre y en cierta desprolijidad (¿deliberada?) en la puesta escénica que dificulta la visión de la pantalla, la gran estrella de esta producción.
Quienes conocen un poco Tucumán, la ciudad y Tafí del Valle pueden recordar en una apretada y justa galería a esos personajes ignorados por la incomodidad que producen: mientras otras producciones de la city porteño-cordobesa engalanan sus desfiles de figuras con las más mediáticas y coquetas estrellas, en República este segmento, colocado estratégicamente hacia la mitad del trabajo, muestra sin anestesia a los cirujas, estrafalarios, locos, y callejeros personajes que pueblan los días y las calles de la peatonal-plaza tucumana. El espectador adulto no puede evitar la risa viendo esa galería de sobrevivientes al muro bussista, panorámica de la resistencia tercermundista asumida con humor de doble lectura: una redada que rescata y provoca un encuentro más que el rechazo y marginación del sujeto.
República teje allí sus mejores sentidos, hace un doblaje de lo ya doblado, con textos, géneros y personajes de probada eficacia mediática logra un nuevo texto (videítos de Batman y Robin jugando al telekino, novelita de los amores de un remisero vividor y la operadora de la agencia, reciclaje de bloopers y musicales intervenidos para hacerles decir la cosa tucumana) Roland Barthes [3] dice que “abrir una segunda escritura con la primera escritura de la obra es abrir el camino a márgenes imprevisibles, suscitar un juego infinito de espejos” Provocar la sospecha en el sistema que obliga a desplazar la mirada de lo conocido.
Para los fanáticos adolescentes de República de Tucumán el show adquirió la forma de un rito social que desafió los circuitos delimitados, no se trata de un espectáculo popular pero si tiene ingredientes de lo popular. Para los adultos interesados en el fenómeno que movilizó a tanta muchachada “de chicos bien” el espectáculo permite una lectura placentera del humor y debajo de ese humor de una ideología por lo menos interesante si se analiza la totalidad del espectáculo y en sus mecanismos de circulación por fuera del sistema.
Seguramente la inteligencia de los productores posibilitará otra presentación del show que reventó la taquilla y será posible de nuevo el encuentro no virtual sino real. Finalmente, agradecer a Cristina y Fernando la posibilidad de ver el trabajo ya que como muchos otros jóvenes me hallé con el cartelito nefasto-entradas agotadas- que tanto desean quienes apostaron por esta propuesta.
