OPERA

Un Mozart, retórico y visceral

Pablo Alejandro Sulic

Jueves 21 de junio de 2012  

La escena es escueta, sobre pocos decorados y con una proyección que simula una gigantesca araña se desenvuelve casi las 4 horas de ópera. En realidad no hace falta mucho más ya que la conjunción de la música sublime de Mozart y las altísimas cualidades de solistas y conjuntos es cabalmente suficiente para asegurar el espectáculo. La obra es divertida, con una lectura critica a las costumbres indignas de la época, la tiranía absolutista, la libertad, la igualdad. Jauregui conoce muy bien la obra de modo que se ocupo de no añadir ni quitar nada que entorpezca el entendimiento de la trama, con indicaciones siempre precisas.

Ópera "Las Bodas de Figaro"

  • Ópera "Las Bodas de Fígaro" de Mozart. Orquesta Sinfónica de Salta dirigida por el maestro Jorge Lhez, junto al Coro de Cámara de la Universidad Católica de Salta y un gran elenco de solistas compuesto por Leonardo Estevez, El Conde. Graciela Odone, La Condesa. Mariana Rewerski, Cherubino. Alberto Jauregui, Regisseur. Pre-estreno Miércoles 20 a las 20, en el Teatro Provincial. Estreno oficial: sábado 23 de junio a las 20, en la sala de Zuviría 70.

Un vestuario escueto, unos cuantos muebles y una iluminación que resalta las escenas, aunque algunas estuvieron algo oscuras, bastan para disponerse a disfrutar de una obra perfecta. Descolló la faceta actoral de los cantantes, los aspectos de carácter psicológico fueron muy bien concebidos por todos y en particular por Garay y Estevez que se introdujeron por completo en la piel de sus personajes.

Vayamos a la música que es la medula de la obra, Mozart demanda para los papeles principales una tremenda exigencia en los recursos vocales. Arias, recitativos, concertantes, duetos, sextetos, son sembrados como alhajas en una corona por un inspirado Mozart. Las escenas son dinámicas asegurando la continuidad musical. Hay arias que en realidad poseen acción por sí mismas, un final del tercer acto donde hay escenas de danza y variados efectos dramático- musicales. Mozart cuidó de utilizar las arias y las escenas de conjunto para realizar un retrato minucioso de cada personaje, (los finales de los actos II y IV). Todos los personajes principales tuvieron su aria de bravura para lucir sus cualidades canoras y en todos los casos salieron bien parados, sin concesión para el centelleo cómodo, con líneas vocales perfiladas con pasmosa claridad, y con recitativos kilométricos, irreprochables.

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Escena de la Opera de Mozar (clic para agrandar)

El barítono Garay, el Fígaro que representa el amor sincero y leal (que ya disfrutamos en Flauta Mágica) estuvo a la altura de los requerimientos, en todos los detalles, con una voz privilegiada, de una riqueza inusual, poderosa y con buena resonancia, con disposición para el trabajo, y con la humildad de los verdaderamente grandes. La Susana de Livieri fue impulsiva, picara, presumida y femenina. Su voz tuvo natural belleza, flexibilidad, agilidad, claridad y atractivo manejo de los matices.

El Conde de Estevez tuvo elegancia en los recitativos, y el imperio dramático que le exige su arduo papel, mientras que la Condesa de G. Odone tuvo elegancia y hondura. Es un personaje mozartiano por excelencia, y en su gran aria Dove Sono cantó de manera sufriente, atormentada y enternecedora, su lánguido amor traicionado y humillado por el vil conde. Fue uno de los puntos álgidos de la noche que nos transportó desde el abismo angustioso por el amor perdido hasta las elevaciones de la esperanza por recobrarlo.

El Cherubino de Mariana Rewerski tuvo correcta coloratura, timing escénico, algo de ensueño y la sensualidad propia del adolescente enamorado del amor. Representó al amor físico, la ansiedad, la inquietud y el deseo carnal, un don Juan embrionario.

La Marcellina de S. Acosta fue todo un logro, aportando un representante de de Salta. Su papel fue persuasivo, con dicción clara y emisión justa representando una femineidad tosca. Bien el bajo de Don Bartolo, con registro grave pleno, y el Basilio de Mignani, irónico e intrigante.

Todos los personajes están unidos o desunidos por un secreto hilo amoroso invisible según comentaba el director O.Klemperer. No son personajes frívolos, el poder magistral que tiene la música de Mozart logra dotarlos de carne y hueso, de emociones humanas que conmueven aunque sean bastante ridículas. Hay toda una galería de caracteres y estados de ánimo, sensualidad, erotismo, melancolía, arrepentimiento, que tiene su correlato en un matiz musical que refleja con absoluta verdad lo que ocurre en lo interior de los personajes, compendiando de manera extraordinaria las emociones.

Si tenemos que repasar los logros, que fueron variados no podemos dejar de mencionar los siguientes:

La obertura, que no es un popurrí sino que incorpora temas originales; la Cavatina de Fígaro, con el acompañamiento magistral de pizzicatti en la orquesta y el minueto; el aria de Cherubino, con su palpitar amoroso embriagador; el aria y marcha de Fígaro que combina lo marcial con lo grotesco; la Cavatina de la condesa, de la que ya hemos hablado, acompañada por dulces fraseos en las maderas, que le dan humanidad, aristocracia y densidad al personaje; el Voi che sapete; la única intervención en solitario del Conde, en donde aparece su siniestra prepotencia, violencia e inclinaciones bajas; el dueto de la condesa y Susana, en difícil contrapunto de voces, luminoso
en el final; el final Pace, pace, un concertante frenético como pocos y las dos escenas corales, con un desempeño profesional y convincente de sus sufridos integrantes.

La batuta de Lehz consiguió estar en todos lados, ajustando algunos problemas de tiempo, con la energía, color y nervio que pide la partitura. Un Mozart, retórico, visceral, para el goce de todos los amantes de la opera, gracias a la prodigalidad de todos los que hicieron posible este ciclópeo espectáculo.

  • Magister Pablo Alejandro Sulic