TEATRO

Sobre dos Juanas históricas

Patricia Monserrat Rodríguez

Martes 23 de octubre de 2012  

Tan sólo el nombre de un personaje y una condición parecen haber sido el germen de dos trabajos teatrales inquietantes. Después de un año de su estreno asistí anoche a ver “Juana soy yo” a cargo de La Tarima Teatro integrado por Rocío Paredes, responsable de texto y actuación y de Roxana Lugones que dirigió el unipersonal.

Por otra parte Mario Cura dirigió a la actriz Marisa Ruiz en “Juana Azurduy (Una revolución inconclusa)” obra que ví hace casi un año y que ahora traigo a la reflexión. La poeta Violeta Herrero escribió el texto germinal del trabajo escénico del grupo El Altillo.

¿Por qué los propongo en este texto? En primer lugar porque abordan la vida de dos personajes femeninos históricos -Juana, la loca y Juana Azurduy-. Quienes a su vez son estereotipos de mujer, modelos políticos de ejercer la femineidad. En segundo lugar por la dramaturgia que propone el espectáculo, por el desempeño actoral de las protagonistas y finalmente por la situación de incomodidad que ambos espectáculos ejercen sobre el espectador.

Apuntes sobre las dos Juanas

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La sensación de vacío con la que uno sale de una obra en este oficio es altamente estresante; el crítico sufre, se halla en el dilema de si callarse, repensarlo, sentirse fuera de la obra, o dar cabida a la gama de sensaciones negativas que se atropellan por salir en espectáculos como el dirigido por Lugones.

Las obras que apelan a un referente histórico tan potente implican que haya una investigación dramatúrgica, actoral y expresiva atractiva, que equilibre en parte al modelo recreado. Esto no sucede en “Juana soy yo”; la obra se construye como un ejercicio psicodramático en el que la actriz se desahoga de un trauma íntimo al parecer y la investigación sobre el personaje se queda en unos cuantos datos resultantes de wikipedia.

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Rocío Paredes, actriz

Dos imágenes son el balance positivo del unipersonal.
La obra grita al primer minuto la condición por la que circulará el texto: “loca” y desde allí intercala catárticamente dos fragmentos biodramáticos que hablan de un Edipo mal elaborado. El resto de la obra parece haber sido un capricho adolescente por sacarse un vestido a pedacitos; o de erigirse en actriz como una suma de retazos.

Marisa Ruiz ha hecho otra búsqueda para llegar a la interpretación de Juana Azurduy. El grupo encaminó la investigación en datos frecuentes de la coronela revolucionaria, pero profundizó en la intimidad del personaje y en la marginación que atravesó y definió su vejez. Autor y director se propusieron “rescatar a la mujer de su efigie e instalan a la Azurduy de Padilla lejos del estereotipo épico (fuera de lo edípico) dándole a esta mujer una humanidad (concreta) que la hace grande en serio”.

La acción dramática elabora la vejez, el abandono y la muerte de sus hijos y compañero en un texto verdaderamente poético y potente; en el que el director aporta imágenes simples pero que abren sentidos en vez de clausurarse en la victimización fácil y tan usual en la escritura femenina.

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Marisa Ruiz

Luego, la actriz se hace cargo de esta mujer cooptada para inscribir en ella su verdad actoral, logrando un trabajo efectivo e inquietante. El apéndice del unipersonal alude a “una revolución inconclusa”, refiriéndose a la ingratitud con la que fue tratada en su momentos la generala; El altillo completa con fortuna escénica esa incompletud, creando un homenaje del que todos salimos modificados.

La molestia que ambos trabajos ejercen sobre la platea se manifestó en el incierto final y mal interpretados aplausos que agradece Paredes y en la asertiva encerrona a la que es sometido el público en los llamados debates con los que Mario Cura acostumbra didactizar sus espectáculos.

  • Patricia Monserrat Rodríguez
    Crítica Teatral
    labutacateatro@yahoo.com.ar