Carlos M. Romero Sosa

Holmes, costumbrismo y misterio

Jueves 5 de mayo de 2016  

De cara a una novela policial se suele tener curiosidad, incluso morbosidad y difícilmente nostalgia. Sin embargo frente a “Sherlock Holmes en Buenos Aires” de Enrique Espina Rawson, primó en mí el último de los sentimientos. No deseo ser autorreferencial pero sucede que, como muchos de mi generación, relaciono al mítico detective con mi infancia y sin duda con lo mejor de ella: el descubrimiento de los libros y de la lectura. Porque las primeras obras de las que me compenetré fueron precisamente sus aventuras escritas por Sir Arthur Conan Doyle.

Incluso lo entrañable para mí es que no llegué a esas historias por casualidad o revolviendo en la biblioteca de casa. Fue mi madre quien puso en mis manos, a mis siete años, los dos tomos de tapa dura publicados por la Biblioteca de La Nación, que a su vez ella había leído de chica y que se iniciaban con la historia de “Un escándalo en Bohemia”.

A poco y fatigados esos volúmenes comencé a requerir caprichoso que se me proveyera de otras aventuras del hombre de la pipa y el violín; y así recibí en una Navidad el obsequio de “Un estudio en escarlata” y de “La señal de los cuatro” –lectura para las vacaciones, subrayaron mis mayores- cuando el boletín escolar del Colegio San Agustín que debía firmar mi padre anunció que había pasado de grado.

Debo reconocer que las lecturas de Sherlock Holmes no solamente me transportaron a los crímenes y demás delitos con sus resoluciones de tipo racional, sino que también me condujeron a países lejanos cuando el mundo no estaba globalizado y redoblaba mi fantasía imaginar los distantes territorios de Inglaterra y Estados Unidos y los más exóticos de Afganistán, India o Australia, que de uno u otro modo aparecen mencionados en los relatos.

Con el paso de los años otras inquietudes y cada vez más exigentes estudios pusieron entre paréntesis la temática policial, poco a poco alojada en el arcón de los recuerdos infantiles. Aunque no archivé del todo a Sherlock Holmes, ni hubiera sido posible hacerlo toda vez que su figura me salía al paso fatalmente. Ora al leer a Borges en la adolescencia, ora al descubrir más tarde una biografía del sabueso británico publicada en 1992 y compuesta por un argentino: el médico Miguel Mateos. Ora al disfrutar de la trama de “Elemental doctor Freud” del norteamericano Nicholas Meyer o incluso al leer un artículo de Julián Marías donde el filósofo contaba que durante la convalecencia de una enfermedad se dedicó a releer íntegro a Conan Doyle y gustar de nuevo del intacto suspenso en el Londres brumoso y transitado por coches de caballo. Aparte advirtió el pensador español cómo funcionaban de bien ciertas actividades en la sociedad victoriana, por ejemplo el correo ya que los telegramas iban y venían con gran rapidez desde y hacia Baker Street 221 B.

Sé que el yo es odioso y pido disculpas por esta introducción. Voy al libro que presentamos.

Para los que tenemos el privilegio de gozar del trato frecuente de Enrique Espina Rawson y que venimos siguiendo desde tiempo atrás su magisterio escrito, oral y radial en dos de las materias de su dominio: el tango y la figura de Carlos Gardel, aunque nos entusiasmó la lectura de “Sherlock Holmes en Buenos Aires”, una novela policial con suspenso e interrogantes, auspiciosamente prologada por Darío Falú, en rigor de verdad y conociendo la jugada y bien conjugada porteñidad de Enrique, en todos los tiempos de su historia quizá eterna porque también a él se le hace cuento que empezó Buenos Aires, no nos ha llamado la atención la acertada recreación del personaje inmortal que es Sherlock Holmes. “Este ser casi mitológico (que) está construido sobre el caballero Dupin de Edgar Allan Poe, pero goza de una vitalidad que no tiene su predecesor”, en definición del autor de “El Aleph” que figura en la “Introducción a la literatura inglesa”, escrita en colaboración con María Esther Vázquez.

Y si no nos asombró el verosímil traslado de Sherlock a nuestra ciudad es porque Espina Rawson, además de imaginar –o descubrir, vamos a darle crédito a sus dichos- otra aventura suya y de su alter ego el doctor Watson, al ambientarla en Buenos Aires pinta con pluma amena y ajustada carga costumbrista sin pintoresquismo chillón, un ámbito ciudadano que conoce y ama: aquel en el que nuestros abuelos desarrollaron sus existencias sin premuras posmodernas ni sentimientos líquidos según la terminología de Sygmunt Bauman; y tal lo fueron los hogares por ellos fundados sobre principios y valores de los que provenimos. Es por eso que con originalidad el libro toma distancia de los ambientes agobiantes, sombríos, lúgubres, tan propios de la novela negra norteamericana.

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Carlos Romero Sosa, Enrique Espina Rawson y el secretario general de la SADE, doctor Fernández Núñez, en la Feria del Libro de Bs.As.

Por algunas pistas –y ello nunca mejor tratándose de una historia detectivesca- es de sospechar que la acción debió desarrollarse en la última década del siglo XIX, época de nítidos contrastes, como ser la opulencia de las clases dirigentes y el conflicto social en ciernes, los vástagos del patriciado dados al ocio en París y los inmigrantes laboriosos, algunos en vías de ascenso social con hijos ya en la universidad y pronto desempeñando cargos de preeminencia merced a una limitada pero posible movilidad social. Tiempo en que era un ayer no más la Gran Aldea que pintó Lucio Vicente López y tiempo en que se trataba de cerrar la pesadilla de la especulación bursátil y la corrupción que retrató Julián Martel en “La bolsa”. Tiempo de revoluciones radicales y de la fundación del Partido Socialista y de su órgano periodístico “La Vanguardia”; y ello mientras Miguel Cané pergeñaba el texto de la Ley de Residencia aprobada en 1902. Un tiempo algo posterior a la inauguración de la Avenida de Mayo y cuando Canning –hoy Scalabrini Ortiz- se llamaba todavía Calle del Ministro Inglés y Alfredo Lázzari testimoniaba en un cuadro de su pincel la confluencia casi suburbana de esa arteria y la Avenida Las Heras frente a la Penitenciaría Nacional. Era por entonces Jefe de Policía de la Capital el General Manuel Campos, disfrazado en la novela bajo el nombre de General Bermúdez.

Como en los actos de presentaciones y en las notas bibliográficas corresponde hablar del libro en cuestión pero no contarlo, buscaremos algunos atajos hacia él. Diremos entonces que se sabe y el que mejor lo sabía era Sherlock, y antes su padre literario Conan Doyle y primero de todo el analítico doctor Joseph Bell, su profesor en la Universidad de Edimburgo: no hay casualidades. Lo que sí hay es mensajes provengan de dónde provengan y resulta oportuno recordar aquí que Sir Arthur Conan Doyle era espiritista.

Aunque sin llegar a cuestiones de tanto sacudimiento espiritual, cabe proponer la tesis de que aparte de ser esta novela de pura ficción, lleva explícitos e implícitos los homenajes. Entre los explícitos dado que las referencias a ciertas figuras reales trascienden la mera escenografía, están por cierto los tributados a nuestro sutilísimo escritor José S. Álvarez “Fray Mocho”, integrado como un personaje más a la narración, al sabio Juan Vucetich, creador del método dactiloscópico, e incluso a la Policía de la Capital, a la que pronto se conocería como “la primera del mundo” y que ya contaba en sus filas con destacadas figuras como los después comisarios César Etcheverry o Antonio Ballvé.

Y en cuanto a los segundos, no es forzado suponer que el recurso mismo que desencadena la acción de la novela, cual es partir de un recuperado texto, homenajea a Miguel de Cervantes. Sí, quizá represente una ofrenda a quien en el capítulo IX de su obra inmortal, asentó la conocida referencia al hallazgo en el alcaná de Toledo de un cartapacio con la “Historia de Don Quijote de la Mancha escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.” Sucede que en cambio del Manco de Lepanto que requirió la traducción de un moro aljamiado, Enrique vertió al castellano o al rioplatense mejor dicho, los apuntes, suponemos que en inglés, del doctor Watson. Y qué decir sobre la sospecha de otros homenajes: por ejemplo el que debe haberlo a esa novela policial que décadas atrás dio una vuelta de tuerca al género; y naturalmente por ese camino asimismo a su recientemente fallecido autor Umberto Eco, creador del holmeniano personaje de Guillermo de Baskerville, aquel franciscano lector del nominalista Ockham. Homenaje por cierto a contrario sensu, porque sabido es que en “El nombre de la rosa” no se parte de un misterioso texto sino que al revés hay una búsqueda del presunto y aristotélico “Tratado de la risa”.

Para volver a los capítulos de Espina Rawson, subráyese que resulta un mérito particular que alguien tan buen conocedor de nuestra ciudad y su historia haya dosificado el costumbrismo. Holmes recorre Florida, la del “pavimento sonoro/ (que) sintió trotar el tronco de potros de Inglaterra” en la visión de Rubén Darío; goza del baile del tango en Montevideo; como buen clubman británico concurre al viejo Jockey Club y al Club del Progreso y hasta advierte la existencia de los conventillos, no mucho más lúgubres que los sórdidos albergues de los barrios bajos londinenses de la era victoriana y eduardina. Esos conventillos sobre los que tomó nota con visión progresista y justiciera el higienista Guillermo Rawson, un ilustre pariente de Enrique. Pero al detective nada lo distrae del compromiso y el desafío investigativo: visita sospechosos, interroga, analiza, deduce siempre y el hilo narrativo va por allí. Y no es sólo un frío razonador el que se nos presenta sino que hasta tiene gestos de quijotesca piedad o ya, algo argentinizado, de criolla gauchada.

Ahora sin adelantar el argumento iremos a un punto crucial: hay una joya en cuestión y a muy buen puerto fueron los empresarios que solicitaron los servicios del habitante de Baker Street 221B ya que tiene antecedentes en la resolución de cuestiones de tal índole, como que un par de aventuras de Sherlock Holmes están vinculadas a la sustracción de joyas: “La corona de berilos” y “El carbunclo azul.” Y no diremos más.

Leamos pues esta obra con el interés que nos promete desde el inicio, sin defraudar ni trampear porque hay formas de resolución en que ninguna novela policial debe incurrir como bien lo sabían Chesterton y los demás miembros del London Detection Club que proponían el juego limpio en el género. Advirtamos que precisamente por avanzar con ansiedad en sus páginas se llegará al final con cierta tristeza: otra vez Sherlock Holmes, igual que en sus historias que devorábamos en la infancia, habrá quedado entonces en el recuerdo, sino en la nostalgia que es la primera sangre del recuerdo vertida por la inflexible espada del tiempo cuando se la desenvaina en los atardeceres.

  • Texto de Carlos María Romero Sosa, de la presentación de la novela de Enrique Espina Rawson en el acto celebrado en la Sociedad Argentina de Escritores, el 17 de marzo de 2016.