LITERARIAS

Rubén Darío en un álbum

Carlos M. Romero Sosa

Martes 23 de febrero de 2016  

En el orbe de la lengua castellana, el último 6 de febrero se conmemoró el centenario de la muerte de Rubén Darío ocurrida en esa fecha de 1916 en la nicaragüense ciudad de León, en cuya histórica catedral de la Asunción descansan sus restos custodiados por la escultura de un león. Aquí en tanto, en la República Argentina:

“¡!Mi segunda patria de encanto/ en donde soñó el soñador/ en donde he sido triunfador!/ y en donde se me quiere tanto!” según se había congratulado en la composición “Versos de Año Nuevo” fechada en 1909, los testimonios de sus vínculos, tan entrañables muchos de ellos, que supo estrechar con personas y lugares tanto de la bohemia cuanto del quehacer periodístico, continúan dando tema de estudio y hasta son motivo de nuevas revelaciones.

Harto sabida y admirada fue siempre la impronta lírica de Nuestro Señor de Nicaragua y también la forma generosa en que prodigaba ese don. En ese sentido cabe recordar, por ejemplo, unos versos repentistas muy poco conocidos a punto tal que no figuran entre sus versos ocasionales en sus Obras Completas, al menos en la edición argentina de Anaconda de 1958; bien que hemos hecho ya referencia a los mismos en un artículo dado a conocer en La Prensa el 1ero.de julio de 1993.

Los dejó estampados con su letra y rubricados con su firma en el álbum de Celina Lidia del Carmen González Peña de Calzada. Fechados en 1908 en Madrid, ciudad a la que había llegado procedente de París para ejercer la representación diplomática de su patria ante la Corte de Alfonso XIII, donde presentó credenciales plenipotenciarias el 2 de junio de aquel año, la estrofa octosilábica en tributo a esa dama americana dice así: “Española o Argentina/ Siempre serías divina/ compañera del León/ Que es Castelar y Sarmiento/ Hecho todo pensamiento/ Y hecho todo corazón.”

La receptora del homenaje, nacida en 1876, era hija de Juan Gualberto González, presidente del Paraguay entre 1890 y 1894 y de Rosa Peña, educadora asunceña discípula de Sarmiento. Celina fue la esposa del jurista, escritor, periodista y político asturiano radicado en la Argentina, Rafael Calzada, quien en 1907 resultó elegido diputado a Cortes, en tanto por su prestigio se lo mencionaba como el natural sucesor de Nicolás Salmerón. Y precisamente en España coincidió la permanencia del matrimonio Calzada-González Peña con la del padre del modernismo americano y durante ese tiempo se habrá presentado la ocasión para que el poeta registrara de su puño y letra el versificado mensaje en cuestión.

Rafael Calzada, primer extranjero que revalidó su diploma en la Universidad de Buenos Aires al amparo de la legislación vigente desde 1874, ha referido que impulsó a su mujer para que recogiera en un álbum autógrafos de destacadas figuras de la cultura y la ciencia, en especial de España y América, aunque también hay allí testimonios de Albert Einstein, Cesare Lombroso, Enrico Ferri, Luigi Pirandello, Giácomo Puccini, Rabindranath Tagore o el Zar Ferdinando I de Bulgaria.

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Poema de Rubén Darío (clic para agrandar)

Más tarde el álbum íntimo, iniciado el primer año del siglo XX, tomó forma de libro de gran tamaño y lujosa encuadernación bajo el título: “Autógrafos latinoamericanos”, una verdadera rareza bibliográfica al presente que se editó en Buenos Aires en 1931 a dos años del fallecimiento del doctor Calzada, autor por su parte de la página explicativa que epilogó aquella colección reveladora de disposición, generosidad y confraternidad de ideales por parte de los testimoniantes. Porque la obra reproduce en facsímiles cada una de las ofrendas manuscritas a doña Celina Lidia González Peña y cabe puntualizar que felizmente éstas fueron publicadas ya que -sin duda- los originales deben haber sido víctimas del incendio del chalet “La Celina”, de Villa Calzada, ocurrido el 10 de febrero de 1951. El siniestro consumió la biblioteca que poco antes había sido donada al Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires y estaba a punto de ser trasladada a sus dependencias. A consecuencia de ello esta “ferviente americana” como la llamó el escritor y académico español Federico Balart en la primera página del álbum, fijó residencia en la porteña Avenida San Fe al 1200 donde dejó de existir en 1960 a los ochenta y tres años de edad.

En los versos de Darío que argentinizan a Celina oriunda del Paraguay donde la conoció su después esposo, cabe destacar la mención a Emilio Castelar, más que justificada en su admiración por el orador y político gaditano, como que a juicio de uno de los más eruditos biógrafos y compatriota del autor de “Azul”: Edelberto Torres Espinosa, presente en su libro “La vida dramática de Rubén Darío” ((Octava Edición, Definitiva Corregida y Ampliada. Managua, enero de 2010), a la muerte del que fuera último presidente de la efímera Primera República Española, escribió Rubén para La Nación un insuperado artículo necrológico. Pero también habrá tenido presente al estamparlos, el vínculo del propio Rafael Calzada, próximo en su juventud a Pí y Margall - segundo presidente-, con aquella República de intelectuales idealistas y krausistas. Asimismo no es de extrañar la alusión allí a nuestro sanjuanino, sobre el que expresó poco después: en una conferencia ofrecida en Buenos Aires en 1912 referida a Bartolomé Mitre y las letras: “Mitre y Sarmiento se complementaban en la labor de labrar la nacionalidad argentina”.

Además de la fervorosa inclusión de dos nombres ilustres procedentes de ambos lados del Atlántico, hay una curiosidad en la pieza como que cabe advertir en las líneas finales de la ofrenda que reiteran la palabra “todo” dando fuerza a la conclusión y rezan: “Hecho todo pensamiento/ Y hecho todo corazón”, cierto eco del leitmotiv presente en la primera y última estrofa de las “Letanías de Nuestro Señor Don Quijote” incorporadas a “Cantos de Vida y Esperanza” (1905) que expresan: “por la adarga al brazo, toda fantasía,/ y la lanza en ristre, toda corazón”.

No cabe hablar de reiteraciones en los grandes creadores y sí, tal vez, de geniales obsesiones …

  • Carlos María Romero Sosa
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