Carlos M. Romero Sosa

Rodolfo Modern, el escritor y el amigo

Miércoles 13 de abril de 2016  

Al mundo de las letras no le será fácil hallar una personalidad signada por tan profunda vocación literaria como la que tuvo Rodolfo Enrique Modern; y menos todavía alguien con suficiente capacidad para revalidarla en cada uno de sus escritos. En ellos, el bien adquirido oficio lejos de anularla, disimularla o sustituirla por la mera profesionalidad, concretó en una unidad vocación e inspiración. Y fueron esos llamados del espíritu y no al revés los que determinaron la impar laboriosidad y concentración de la que resultó una obra vasta, sentida en cada página y rica en cuanto a la forma, ya que Modern cultivó con igual maestría la poesía, el cuento, el teatro, el ensayo, la crítica, la biografía y la traducción de creadores de lengua alemana como Georg Trakl, Rainer María Rilke o Hermann Hesse.

Basta leer sus antecedentes académicos que le granjearon premios y condecoraciones y sobre los que poco o nada gustaba hablar, para advertir que desde la primera juventud se había preparado para el ejercicio de las letras. De allí que no dudó en seguir las carreras universitarias más afines con los que serían sus pasiones y sus quehaceres de vida, graduándose en Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad porteña; y si el ejercicio de la abogacía jamás lo atrajo ni lo practicó y sólo se asomó doctrinariamente a la rama del Derecho Internacional Público sobre la que versó su tesis en 1953, solía atribuir a su trato con códigos y jurisprudencias la precisión del lenguaje y las deducciones llenas de buena lógica, que los comentaristas elogiaron en sus libros de crítica tales como “El expresionismo literario” (1958), “La literatura alemana del siglo XX” (1969) o “Estudios de literatura alemana” (1974).

En cambio, el profesorado y finalmente el doctorado en Filosofía y Letras (1964) le abrieron el camino de la docencia secundaria y normal primero y después la superior en la cátedra de Literatura Alemana que ejerció en las Universidades Buenos Aires y La Plata.

Rodolfo Modern falleció en 22 de marzo pasado próximo a cumplir 94 años: había nacido en Buenos Aires un 22 de julio de 1922. Para entonces Leopoldo Lugones publicaba “Las horas doradas”, Manuel Gálvez la novela: “La tragedia de un hombre fuerte”, la imprenta Coni presentaba el último tomo de “La Literatura Argentina” de Ricardo Rojas y un prosista de veta humorística y rasgos costumbristas daba a conocer “Tres relatos porteños”. Era Arturo Cancela al que iba a estudiar décadas más tarde Modern, pese a hallarse, en tanto ser un convencido y consecuente liberal y demócrata en materia política, en las antípodas ideológicas del nacionalismo de derecha de su biografiado del que no obstante y seducido por el ingenio y la chispa sarcástica que caracteriza su obra, reunió una antología de ella que vio la luz en 1962 con el sello de Ediciones Culturales Argentinas del Ministerio de Educación y Justicia.

Como el mismo Rodolfo solía reconocerlo entre añoranzas por un pasado más previsible al que contraponía las turbulencias actuales de todo orden, sin duda 1922, el año de la ascensión de Alvear a la presidencia de la Nación, -recalcaba- era un buen momento para que llegara al mundo el futuro escritor y miembro de número de la Academia Argentina de Letras incorporado en octubre de 1989 con una disertación que tituló: “Informes para una Academia sobre aspectos de la lírica.”

Si su dramaturgia –la primera de sus piezas teatrales: “Penélope aguarda”, fechada en 1970, fue escrita en colaboración con Jorgelina Loubet- tiende a construir ambientes en los que como en “Ligeramente infernal” (1994) las cotidianeidades de ciertas existencias se complementan con graciosas y surrealistas visiones de ultratumba y como en “El linaje” del mismo año, logra recrear con fuerza dramática pasajes del Génesis, en su faceta de narrador y cuentista se dan la mano sobre un fondo en general de realismo la imaginativa recreación histórica, el toque fantástico en ocasiones, la apelación a mitos y la erudición no sólo del pensamiento occidental cuando le era requerida por los argumentos sino del Oriente, como en el caso de los cuentos de “profundidad lúcidamente taoísta”, en términos de Fernando Sánchez Sorondo, que componen “El libro del señor de Wu” (1998); volumen del que expresó en enero del año 2000 Antonio Requeni en una columna de La Nación: “es una obra notable que, a nuestro parecer, no ha sido aún debidamente justipreciada”.

Quizá y pudo valer para todos los géneros que Modern frecuentó según una clara intuición que le permitía ver y comprender la oportunidad para el empleo de esta o de aquella forma, el lema suyo podría resumirse en el aforismo que culmina una serie de ellos publicados en La Prensa -donde colaboraba con habitualidad- el domingo 7 de enero de 1996 bajo el título “Extrapolaciones” y dice: “La razón ordena pero el corazón se equivoca menos.” De esa pascaliana sabiduría del corazón, puede desprenderse también el mensaje iluminador que entraña su poética de estructura algo neoclásica y límpida hasta lo descarnado. Un continente forjado con cristalinas palabras recuperadoras de sentido y que, a juicio de Santiago Kovadloff inserto en el prólogo de su “Antología poética 1963-1995”, “enfatiza el alcance de su fervor emocional (y) su aptitud para el contacto con lo que de íntimamente imponderable hay en la realidad.” En forma sucesiva y según me los obsequiaba, tuve el gusto de comentar en el periódico digital Salta Libre y en dos números de la revista Ápices sus tres últimos poemarios: “Hacia donde” (2011), “Reencarnaciones (2012) y “Canilla abierta, canilla cerrada” (2015). Subrayé en esas notas bibliográficas el vuelo metafísico en el límite a veces con una actitud religiosa no necesariamente devota –“Dios es también un asunto profano”, enseñó Ortega y Gasset-, cuando no la ironía o el rasgo elegiaco como notas de la lírica de Modern.

Sé que fueron difíciles sus últimos tiempos. En marzo de 2012 perdió a Fernando, el hijo músico y tiempo después tuvo que internar a María Edelmira Arenillas, la esposa con la que compartió muchas décadas de matrimonio. Pero ahora quiero y debo recordar a Rodolfo Modern en el escritorio o en el comedor de su piso de la calle Montevideo esquina Juncal, frente a la plaza Vicente López, charlando con entusiasmo de la literatura y de la vida que la nutre e inspira.

  • Carlos María Romero Sosa es abogado y escritor
    Blog: //poeta-entredossiglos.blogspot. com.ar