Gustav Mahler

Otro hito en la historia de la Sinfónica

Pablo Alejandro Sulic

Lunes 10 de junio de 2013  

Podemos imaginar que Mahler de haber podido escuchar la versión ofrecida por la Orquesta Sinfónica el pasado viernes hubiera reaccionado de dos maneras distintas: “Eso lo he escrito yo”, sería una conclusión y la otra “¿Eso lo he escrito yo?” La versión ofrecida por el maestro Lhez mostró una visión comprometida de la obra en toda su anchura. Es difícil hacerse converso de un compositor tan complejo, pero es evidente que Lhez entendió el mensaje de la obra y fue capaz de recrear algunos detalles ocultos de la misma.

  • Concierto de la Orquesta Sinfónica de Salta. Dirección Jorge Lhez. Viernes 7 de junio, Teatro Provincial de Salta. Repertorio estreno para Salta y el NOA: Sinfonía Nº2 “Resurrección” de Gustav Mahler. Solistas: soprano Jaquelina Livieri, mezzosoprano Adriana Mastrángelo, coros de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Tucumán y de Cámara de la UCASAL.

La sinfonía en si misma es una cuestión espiritual que refleja constantemente la ambivalencia entre alegría y tristeza, fe y duda, transcendencia y perdición. No es casual que fuera según propias palabras la favorita de Mahler entre todas, con un final de corte apocalíptico y que obra como catarsis de todos los miedos del compositor.

Analicemos algunas cuestiones de cada movimiento:

El primero dramático busca el significado de la vida, el segundo la pérdida del placer, una danza arcaica y antigua; el tercero un grotesco y sarcástico vals al estilo del compositor, el cuarto una canción de niños inocente e introspectiva, el final tan vasto, describiendo el terror y la gloria del juicio final y la resurrección, mezclando paganismo y cristianismo. Este se presenta como una serie de episodios que progresan hacia una expectación final, una tensión no resuelta, entre fúnebres acordes, optimistas fanfarrias que culminan en un triunfante coral, sin dudas uno de los mas potentes climax de la literatura sinfónica de todos los tiempos. Se incluyen efectos extraordinarios, como un grupo de metales fuera del escenario, un masivo conjunto de percusión y lo mejor: el visceral y potente sonido de un coro que golpea con su sonoridad.

La obra tuvo nervio e intensidad sonora, los metales sobresalieron cada vez que se los exigió con un sonido penetrante que laceraba las texturas, los solistas de cada fila tuvieron una gran participación no podemos dejar de mencionar flautas, oboes, clarinetes, fagotes, corno ingles, percusión, las dos solistas vocales, las cuerdas que fueron el generador emocional de la orquesta, todos sin excepción estuvieron a la altura de las circunstancias.

El resultado fue una jornada inolvidable tanto para interpretes como auditorio, desde el momento en que se pudo sentir tangiblemente la intensa y profunda emotividad tan humana de la obra, en una única combinación de inteligencia y pasión. La orquesta contribuyo a este proceso demostrando que está madura, que puede lograr texturas que emergen con vitalidad y transparencia especialmente en los movimientos de danza. La única observación sería que en los tuttis masivos que pide Mahler especialmente en el primer y último movimiento, el sonido se escucho borroso y desdibujado no pudiendo evitarse ciertas desafinaciones involuntarias.

Quizás el placer que derivamos de sumergirnos en esta obra colosal de casi una hora y media de duración es su equilibrio inestable entre lo clásico y romántico, lo que hace que su música suene extrañamente atractiva. El oyente puede percibir la emoción narrativa que ayuda a mantener la cohesión en esta partitura mágica. Por enumerar algunos momentos gloriosos, el velo de nostalgia soñadora del vals o el bellísimo sonido transparente antes de la entrada del coro o el final apoteótico que nos llevan de la agonía al horror, de la angustia a la calma final; y en realidad de eso se trata la belleza del arte y su fin último, de transportarnos por todos las emociones más trascendentes y humanas.

  • Magister Pablo Alejandro Sulic
    pablo.sulic@gmail.com