RIGOLETTO

Opera en sus pináculos artísticos

Pablo Alejandro Sulic

Martes 4 de septiembre de 2012  

Sin lugar a dudas Rigoletto ocupa un lugar especial en el corazón de todos los amantes de la opera. Podríamos cansarnos de enumerar virtudes: la fiesta de melodías sublimes, arias cercanas a la perfección expresiva o la sobredosis de drama. Por supuesto como toda opera hay escenas poco creíbles o directamente inverosímiles.

  • Opera "Rigolero". Orquesta Sinfónica de Salta. Dirección musical Jorge Lhez. Director escénico Eugeno Troisi. Luciano Garay (Rigoletto el temible bufón), Laura Rizzo (Gilda), Gustavo López Manzitti (Duque de Mantua), Cecilia Díaz (Maddalena) y Alberto Jauregui Lorda (Monterone). Lunes 3 y miércoles 5 de septiembre de 2012. Teatro Provincial de Salta.

¿Es posible que Rigoletto se deje engañar por la corte para raptar a su propia hija?, ¿O que Gilda sea tan ingenua por no decir necia para sacrificar su vida por el hombre que la deshonró de manera cruel y la abandonó inmediatamente? Sí, a su favor podemos decir que tiene tan solo 16 años, viene de un convento y no conoce nada del mundo corrupto que la rodea.

Repasemos los momentos cumbres de la opera:

La Gilda caracterizada por Laura Rizzo es simplemente virginal en su pureza. Con una voz sencillamente transparente cantó el “Caro nome” con absoluta moderación y espectacular virtuosismo vocal. No es solo una voz bella. Es una voz que no osa romper la melodía de Verdi ni por un segundo, que nos suspende de un hilo cada vez que emite un sonido, para dejarnos avizorar el abismo. No hay gritos ni inflexiones fuera de lugar. Solo su voz y la melodía. Contenida, sin ningún sonido falso, cada palabra cae en el lugar correspondiente, tierna y acariciadora, expresando amor filial a su padre y apasionado hacia el duque. Suena exactamente como debe sonar Gilda: fresca y cándida, sensible pero inflamada.

Su "Caro nome" no es sólo una pieza gloriosa sino que es un cuadro que la pinta de cuerpo entero, con una fina rectitud psicológica.
Asombroso el dúo Piangi, Fanciulla y el Vendetta con Rigoletto, de una profundidad estremecedora, con fraseos que rozan la perfección. Aquí parece que Verdi exploró la relación entre padre e hija. Recordemos que había perdido a sus hijos poco después de que nacieron, y su relación con sus propios padres era un tanto incómoda. De modo que la falta de relaciones familiares lo puede haber llevado a recrear una vida paralela en el escenario.

La archiconocida "La donna è mobile" está perfectamente en sintonía con el carácter del duque y la situación en el escenario. El duque de Gustavo López Manzitti es un Don Juan lascivo, voluble, superfluo con arias que lo caracterizan magistralmente. “Il sol dell´’anima, Bella figlia dell’amore” fueron cantados con absoluta potencia vocal (mayor merito aún recordando que tuvo que hacerse cargo de este papel complejísimo a ultima hora por los problemas que tuvo Carlos Duarte con su voz). Es bueno aclarar lo que indica el musicólogo Charles Osborne, sobre el recitativo y aria del acto 2 “Ella mi fu rapita ... Parmi Veder” le lagrime, en donde el duque suena realmente enamorado y con sentimientos reales y ya no es el hombre-monstruo que pintó anteriormente Verdi.

No sabemos si fue un lapsus o está confundiendo lujuria con amor verdadero, pero vale la pena intentar imaginar lo que ocurre en su cabeza. Quizás el cree absolutamente en sus sentimientos, aunque los tenga un tango deformados.

La joya de la corona es Rigoletto, un personaje de una intrincada complejidad, con incongruentes sentimientos, pasiones y actitudes. Se necesita una voz excepcional, un cantante dotado de alma y genio, con cualidades actorales, histrionismo y ternura melódica. Un personaje que debe ser cantado con el corazón y actuado con la mente. Mantener su línea melódica es prioridad, en una simbiosis extrema de dramatismo melodioso. Luciano Garay tiene una voz brillante y musical. Quizás en algunos pasajes de notas bajas le falto algo de potencia sonora, pero es un cantante inteligente y convincente. Buena pronunciación y actuación vocal magnifica.

Rigoletto es ante todo un hombre quebrado, victima de sus propios temores y deseos de venganza. Garay cantó absolutamente todas las notas que le escribió Verdi y cumplió a cabalidad con su papel, como siempre en estos últimos tiempos que hemos tenido el placer de escucharlo y compartir trabajo con el.

El gran soliloquio de Rigoletto, "Pari siamo” que está a mitad de camino entre recitativo y melodía, es un excelente ejemplo de la pasmosa capacidad de Verdi para ampliar su penetración psicológica de su genio melódico. Rigoletto se compara con Sparafucile. Esta parte tiene la forma y estatura de un soliloquio shakesperiano y estuvo muy bien actuado-cantado por ambos.

Alberto Jauregui Lorda (Monterone) tuvo correcto rendimiento sin ninguna nota fuera de lugar. Especialmente convincente el “Voi congiuraste”, y su duelo en el final – “No morire, mio tesoro, pietade!” , así como su apasionado ruego a los cortesanos a regresar a su hija.

La repetición del tenor de ’La donna e mobile ", cuando el jorobado está a punto de tirar la bolsa en el río, es un golpe maestro. Es la melodía transformada en indiferencia cínica para subrayar aún más la tragedia de este padre. Es escritura operística en su máxima expresión, verdadero teatro musical en una escena que estremece por su veracidad.

La actuación del coro fue de menor a mayor (convincente y con presencia actoral y canora) con la cúspide en la escena con Rigoletto en su patético intento de ganar la simpatía de Marullo. La entrada repentina de Gilda, y el convencimiento de que su hija ha sido violada por el duque, se hace doblemente eficaz si recordamos que ésta es también la primera vez que ha visto a su padre vestido como un bufón. Ella nunca ha conocido su profesión., de modo que en un instante fugaz descubre la vergüenza de su padre al mismo tiempo que la suya. Afinadas y a tempo las escenas de conjunto y los coros Zitti y Scorrendo, aunque algunas acciones entre los cortesanos fueron demasiado explicitas y groseras.

La puesta en escena de Eugenio Troisi aprovechó y exploto todos los medios a su alcance dentro de un reducido presupuesto de producción, para hacer las escenas creíbles y correctamente ambientadas.

El director Lhez, estuvo en todos los detalles como siempre. Desde el coro, con la asistencia de Y. Delgado pasando por acompañar con el piano a los cantantes, hasta la dirección general. El sonido orquestal que produjo fue correcto, sin grandilocuencias, en algunos pasajes algo macizos, pero siempre con buen ojo para los detalles dramáticos (por ejemplo en la escena de la tempestad).

En el Rigoletto de Verdi la unidad de trabajo ya no es el aria, sino la escena (recomendamos el libro de Charles Osborne). La columna vertebral de la ópera es la serie de duetos entre Rigoletto y Gilda, Rigoletto y Sparafucile, Gilda y el Duque, pero la unidad formal es la escena.

Esta es una opera para disfrutar, para emocionarse con el sostenido nivel de inspiración, con la efusividad melódica que parece que nuca acaba. Asistir a Rigoletto es descubrir una obra maestra, es sorprenderse como lo haríamos viendo el techo de la Capilla Sixtina, el Moisés, la Piedad de Miguel Ángel o La Gioconda.

La obra maestra la monta todo el equipo que hizo posible esta obra, desde el director hasta el último figurante. Gracias a ellos, la arquitectura musical se elevó a pináculos artísticos pocas veces visto en Salta. No dejen de embelesarse con ella, no estará mucho tiempo en pie.

  • Magister Pablo Alejandro Sulic
    pablo.sulic@gmail.com
    Fotos: Instituto de Música y Danza (IMD)

Rigoletto en imágenes
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