Patricia Monserrat Rodríguez

¿Melián atenta contra su corso?

Martes 9 de febrero de 2016  

Noche de lunes de carnaval; amenazaba lluvia pero dio tregua por cuatro horas para ver corso de Chachapoyas o “Corso de Muñequitos de Carlitos Melián”. La página de Facebook anuncia promo de 2x1 llegando antes de las 21, horario de inicio según dicha data oficial. También anuncia que a las una se cierra el espectáculo.

He ido varias veces a este desfile carnavalesco por haber hallado en él una identidad familiar, de hecho, se promocionan como el “corso de la familia”. Este año, con un afán crítico y como consumidora también, a manera de un curador de espectáculos hay que señalar que este hacedor atenta contra su propia creación.

¿Por qué? Se ha naturalizado en cada salteño que los horarios son extendibles a gusto del promotor aunque tratándose de niños, amenaza de tormenta, el costo del evento (50$ más 25$ por silla, más una consumición mínima de 30$, si hubiera un niño cada lanzanieve costaba 25$), la fidelización del público de la zona norte como estrategia de producción, etc que el desfile haya empezado a horas 22.30 es una falta de respeto.

Aún peor saber que los animadores – que son parte por lo uno elige un corso u otro de las muchos en oferta- José Francisco Bortot y Leonardo Destéfano- llegaron hora y media tarde a hacer su tarea. Poco profesional, por más que hayan llegado de animar el Carnaval de Antaño en La Merced, disfónicos o contrariados tal como se excusaron entre risas displicentes a micrófono abierto.

Por otra parte, la animación consistió en chistes que sólo ellos entendieron, sorteos de entradas al teleférico y CDs de Carlitos Melián; haciendo bailar o gritar un ¿sapucai? a la gente. Pocas estrategias de animación… ya llegada la tormenta se limitaron a decir que los últimos pasistas avancen sin lucirse para el público no se moje ¿por qué no llegaron ellos antes?

Pero ¿qué pasa con este corso? Los muñequitos de Carlitos Melián, uno de los mejores artistas en la creación e imitación de esta clase de personajes mediáticos, poseedor de técnicas y materiales y de un conocimiento impresionante para presentar a las figuras de su galería, son numerosos y variados tanto en estilo, material, y tamaño.

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Carlitos Melián

Para los de gran porte se dispuso que desfilaran entre una agrupación y otra, a manera de entremés. Pasaron así un robot, el Increíble Hulk muy bien logrado quienes calentaron significativamente el corso. Cada una de estas figuras demoró media hora en pasar, cortando la continuidad del desfile. ¿Y para qué? Para que cada familia pudiera sacar la consabida fotito con el personaje que esta cultura digital impone.

Así la postal- que será guardada en la memoria del celular para ser descartada seguramente en unos días más- se ocupó de afear el corso de Melián. Y uno como espectador adulto empieza a sentirse desbordado: los adultos se prestan al juego de la pose, de la selfie, con el brujo, con el muñequito, con la caporala, con el caporal, con la morenada, con el auto vacío donde se supone que vendría Melián… etc., etc., etc.

Es sacarse una foto porque sí: no se ve el corso, no se aprecia la figura, la figura no hace nada más que caminar y posar para ser atractiva; las agrupaciones que despliegan canto o coreografías sólo logran hacerlo si el público los deja. Los pocos que logran cautivar la mirada de los adultos- las morenadas que hacen gala del espíritu carnavalero orureño- ni siquiera fueron aplaudidos por la gente. ¿Por qué?

Creo que porque hay más interés en que el público sea protagonista: que los vean con su muñequito, que la foto subida a la red se de ellos con una caporala, con una murguista, con un lanzanieve en la mano. No sé…la impresión es que se ha invertido, se ha dado vuelta, la lógica del corso como se han tergiversado los ritos del carnaval.

Ya lo decía José Acho en una nota en este mismo sobre el fenómeno de las carpas que han surgido este año como iceberg de esta cultura dada vuelta. No importa el desfile de figuras, ni la gracia que haga, ni lo virtuoso de su traje, ni su ofrenda “a los cuatro días locos que vamos a vivir”.

No importa la máscara; importa el yo, el ego del público que rompe con toda una cultura y la desvalora porque quiere ver en el corso lo que ve en la tele, en la plaza mediática y los desborda todo como si el corso fuera un piquete, una manifestación de sus deseos a costa de los de todos los demás.

Las jugadas del ego- tanto del público que desubicadamente pide la foto como de los artistas populares que la ceden sin pensar en la interrupción y desorden que generan tanto para el público como para el paso de la misma agrupación; la estafa que uno percibe ante la discontinuidad del desfile ya que las agrupaciones no logran lucirse, el público no aprecia ni premia con aplausos a los participantes; el autobombo de Melián y familia a lo largo de todo el corso; la animación pobre que bien podía haberse reemplazado por música carnavalera dado el buen equipo de sonido que había y el anuncio de los participantes y reseñar algo de su desempeño…

En fin, el corso de la familia tiene a la cabeza a un artista indiscutible en su quehacer. Le falta un gestor cultural que ponga orden a este espectáculo que atenta contra sí mismo; el cual además sea consciente del equilibrio que hace falta entre la preservación de una identidad familiar, la cultura carnavalesca del norte, la formación del público y el negocio melianesco.

Pienso que sería más fácil organizar una galería donde cada niño pueda sacarse la foto “deseada” para subir a las redes y listo pero con ello se perdería este espacio que ya está asentado en la zona norte y eso sí sería otra lástima.

  • Patricia Monserrat Rodríguez
    labutacateatro@yahoo.com.ar