SINFONICA

La inmensidad de la sencillez

Pablo Alejandro Sulic

Sábado 24 de noviembre de 2012  

El trabajo de Bruch es música romántica casi diría reservada, sin grandes contrastes o estallidos dramáticos, buscando las similitudes tímbricas entre los dos instrumentos. Alberto Lepage en viola y Eugenio Tiburcio en clarinete entendieron la obra de manera superlativa, especialmente en el movimiento central de gran dulzura y en los arabescos del tercero que son de una complejidad que roza el virtuosismo.

  • Concierto Día de la Música. Orquesta Sinfónica de Salta. Dirección de Jorge Lhez. Jueves 22 de noviembre en la Catedral Basílica de Salta.
    Repertorio: Doble Concierto en mi menor Op. 88 para clarinete, viola y orquesta de Max Bruch con Alberto Lepage en viola y Eugenio Tiburcio en clarinete. Luego, Magnificat de John Rutter junto a la soprano Daniela Tabernig y el Coro de la Universidad Católica de Salta
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Lamentablemente el ámbito de la Catedral no fue el mejor para apreciar el prolijo trabajo de solistas y orquesta, el sonido se perdía en varios sectores, había demasiados murmullos y gente caminando de un lugar a otro constantemente que simplemente entraba para ver que pasaba y luego se marchaba, lo que no permitió la absoluta concentración auditiva que semejante esfuerzo musical merecía.

Mencionemos entre los momentos cumbres del concierto, el entrelazamiento de ambos solistas en el primer movimiento, la larga y otoñal melodía del clarinete que nunca termina de cristalizarse o sedimentarse en un tema concreto, con una forma que recuerda lo rapsódico. El trabajo a dúo en el segundo tuvo exactitud y consistencia, sin melodías memorables, con un dejo de nostalgia y los pizzicatos de las cuerdas precisos en todo momento. Las fanfarrias del final fueron vigorosas y las figuras arremolinadas en racimos de los solistas tuvieron los arabescos de una iglesia del barroco italiano.

La esperada segunda parte fue el Magnificat de Rutter, con la soprano Daniela Tabernig y el Coro de la Universidad Católica de Salta. Nos sorprendió gratamente el tono claro, el fraseo hermoso, y el fuerte sentido de la línea melódica de la solista. Su lectura de los dos números lentos fue insinuante, captando todo el encanto latente de las armonías y la melodía que propone Rutter. Tuvo por supuesto al solvente coro de la Universidad, que ha recorrido mil batallas y que generosamente sustentó a la obra.

La obra en sí es difícil de catalogar, se me ocurre decir que en algunos momentos la voz de solista y coro sonó sensual, increiblemente sugerente, con una orquestación poderosa. Combinando un tratamiento del texto tradicional y convencional con algunas marcas registradas del compositor, su melodismo pegadizo y orquestación lustrosa, mezclando de manera magistral lo nuevo con lo viejo. Especialmente sugerentes fueron los números 3 y 5, el voluptuoso comienzo y final de la obra, con una frase electrizante que estalla en alegría pura.

No hay misticismo sino la sencillez melódica. No es cuestión de buscar la inmensidad en los detalles pequeños, sino que el punto es dejarse llevar por la propia lírica de la obra. El coro y orquesta sonó casi en todo momento con texturas plenas produciendo un sonido atractivo. Hubo química entre solista, coro y orquesta lo que resultó en disfrutar de una rara obra.

  • Magister Pablo Alejandro Sulic
    pablo.sulic@gmail.com