LITERATURA

Historias literarias con Alicia Jurado

Carlos M. Romero Sosa

Jueves 5 de marzo de 2015  

Días atrás el diario La Prensa informó que se halla en venta el departamento que fuera último domicilio de la escritora y académica de letras Alicia Jurado. Una señorial residencia en propiedad horizontal situada en la Avenida Santa Fe esquina Ecuador, en el barrio porteño de Recoleta. Más allá de su antigüedad de más de ocho décadas, se trata de una vivienda con historia si las hay, por de pronto con historias literarias pues Alicia se la adquirió a sus anteriores propietarios, sus íntimos amigos Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares cuando éstos se mudaron a la calle Posadas y Eduardo Schiaffino.

Su espacio en el barrio de Recoleta

Al anoticiarme ahora que una inmobiliaria se está ocupando de encontrar comprador para ese último piso de la Avenida Santa Fe 2606, no he podido menos que recordar mis habituales visitas allí y los diálogos sostenidos con la autora de “El escocés errante” (1971) –un exhaustivo estudio sobre la vida del escritor Roberto Cunninghane Grahan-; de novelas de sutil estilo y bien resuelto vuelo narrativo como “La cárcel y los hierros” (1961), “El cuarto mandamiento” (1974) o “Trenza de cuatro” (2001), comprometida obra sobre el polémico tema del aborto a tono con su actitud de defensa de los derechos de las mujeres; de colecciones de cuentos como “Leguas de polvo y sueño” (1965) y de una testimonial y evocativa serie de memorias. Todo ello además de sus traducciones y de “Qué es el budismo”, libro compuesto en colaboración con Jorge Luis Borges, a quien también y con verdadero “intelletto d´ amore” supo estudiar y mejor aun retratar en “Genio y figura de Borges”´ (Eudeba, 1964), pese a reconocer con cierta resignación de biógrafa algo frustrada “que tratar de llegar a su intimidad es perderse en infinitos corredores que jamás conducen al centro”.

Con ella y con su esposo, un descendiente de Marcos Sastre que llevaba con orgullo y dignidad idéntico nombre del creador de “El tempe argentino”, pasamos muchas tardes conversando y, por mi parte, admirando la calidez humana y la calidad intelectual de los anfitriones.

Más allá de la firmeza y hasta de la dureza con que ella sostenía sus ideas políticas –tuvo por ejemplo un antiperonismo visceral y sin concesiones-, admitía en otros órdenes opiniones divergentes y nunca me objetó mi posición contraria al aborto con fundamento en motivos no sólo religiosos, manifestada en el comentario bibliográfico que publiqué sobre “Trenza de cuatro” a poco de aparecer la obra, en la revista Proa.

En ocasiones Alicia me invitaba a subir a su alejandrina biblioteca, que desbordaba de títulos de literatura argentina y universal en las varias lenguas que dominaba. Así como de otros sobre ciencias naturales, dado que su propietaria estudió hasta graduarse esa carrera en la Facultad de Ciencias Exactas Físicas y Naturales de la UBA.

En la última visita que les hice la hallé bordando uno de sus artísticos tapices, actividad que cortésmente suspendió para brindarse al diálogo, narrar anécdotas de su abuelo materno Isaac Fernández Blanco y darse al juego de imaginar con penetración psicológica de novelista el carácter de lejanos ancestros comunes, como el héroe de la lucha contra el invasor inglés en 1806 y 1807, capitán Lázaro Gómez del Canto y Rospigliosi y de su esposa Francisca Obligado; y ello me lleva a releer con nostalgia la dedicatoria que me dispensó en la traducción del extenso cuento Ralph Herne de W.H. Hudson, publicado en 2006: “Para Romero Sosa, en recuerdo de nuestro remoto antepasado común y de sus visitas”.

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Alicia Jurado con Borges

Una y otra vez sus palabras parecían suspender el ambiente todo en un elevado mundo de ilusión, sabiduría y añoranza de tiempos mejores; tanto como ahora intuyo que fueron las de esa tarde de nuestras entrevista final que no pude imaginar así aquel día. Y debí sentir entonces que me devolvían a la realidad con la brusquedad de un reloj despertador que rompe la ensoñación, los bocinazos y los gritos que algo asordinados subían desde la calle.

A la muerte de Alicia Jurado, ocurrida el 9 de mayo de 2011, intenté celebrar su vida en un soneto que dice: “Pensar, pensó desánimo y proyecto,/ pregunta y evidencia entrelazadas;/ y en su esquina cumplió en ángulo recto/ noventa grados de corazonadas./ Santa Fe y Ecuador dirá en dialecto/ de bocinas y gritos y frenadas, / las fórmulas de duelo o las llamadas/ a recordar su espíritu selecto./ Ciencia y arte, los libros, los amigos./ No apostató del credo de aventura,/ ni pudo perjurar, por apellido./ Cubre la actualidad con desabrigos:/ Tal vez murió, nocturna, de espesura…/ Letras, tapices, dan su colorido.”

  • Carlos María Romero Sosa
    camaroso2002@yahoo.com.ar