Filme sobre cortázar y la música

Lunes 18 de agosto de 2014  

“El centenario de Cortázar fue la primera excusa para realizar un documental en su homenaje”, sostienen Karina Wroblewski y Silvia Vegierski las directoras de la película, que desde hace una década trabajan en la Audiovideoteca de Escritores de Buenos Aires. “Decidimos recorrer un aspecto poco explorado y pensamos en la música y en la relación del melómano y el escritor”, cuentan.

En la pantalla, Cortázar les aprueba la tesis: “Fuera de la literatura, la influencia más fuerte que he tenido es la música”, dice, y confiesa un sueño frustrado: “Si hubiera podido elegir entre la literatura y la música, habría elegido la música”. Como si se pudiese elegir en las artes.

Una película sobre el escritor más melómano de la Argentina: “Cortázar y la música”, un documental con testimonios del autor, Mario Vargas Llosa, Liliana Heker y otros. Las directoras investigaron un aspecto poco transitado de la obra del autor.
Johnny Carter, el saxofonista obsesionado con el tiempo que Julio Cortázar inventó para “El perseguidor”, uno de sus cuentos más reconocidos por la crítica, publicado en 1959 en el libro “Las armas secretas”.

Johnny no es sólo un producto de la imaginación: muchos de los datos de su biografía de ficción se inspiraron en la vida real del también saxofonista Charlie Parker, uno de los músicos de jazz a los que Cortázar admiraba. Y esa historia es de las tantas en las que la música atravesó la literatura del autor de “Rayuela”, que en su casa tenía unos cuatro mil libros y unos seis o siete mil discos y casetes. Su pasión por la música, pensó su viuda y albacea Aurora Bernárdez, no iba a conmover demasiado a nadie, así que vendió la discoteca a un parisino que pasaba.

En el trabajo dirigido por Karina Wroblewski y Silvia Vegierski, se entrecruza el testimonio de escritores como Mario Vargas Llosa y Liliana Heker con el de músicos como Juan “Tata” Cedrón y Margarita Fernández de “Un tal Lucas”: todos se ocupan de salirle de testigo al romance inspirador entre Cortázar y la música.

“Su amor por la música se nota en cómo aparece en sus personajes más queridos”, subraya Heker en la película, y alcanza con pensar en las discusiones jazzeras y trasnochadas que sostienen los miembros del Club de la Serpiente en Rayuela o en los discos que Horacio le propone o le impone a La Maga. Mientras tanto, Vargas Llosa recuerda cómo Cortázar se encerraba en una habitación a jugar con su trompeta y Fernández evoca al escritor a la salida de una sesión de jazz en el París de los cincuenta, caminando por la Ile de la Cité y tocando algún instrumento de viento imaginario.

Es el propio Cortázar, con sus erres patinadas, el que asegura en la película: “El jazz tuvo gran influencia en mí (…) el fluir de la invención permanente me pareció una lección para la escritura, para darle libertad y no repetir partituras” y cuenta también que “las palabras de los tangos me enseñaron mucho del habla del pueblo, de cómo expresan su obvia poesía”.