LUZ DE INVIERNO

Ficción y realidad concatenadas

Liliana Bellone

Sábado 29 de octubre de 2011  

Sin duda la transposición de un texto literario al lenguaje cinematográfico implica una problemática siempre abierta. A menudo el libro parece aventajar al lenguaje de la imagen. Sin embargo, un buen “puente”entre ambos códigos (guión), suele salvar este escollo. Es lo que ocurre con "Luz de Invierno", filme del salteño Alejandro Arroz, realizado sobre la base de algunos cuentos de Carlos Hugo Aparicio.

El guión de Arroz logra “construir”el lenguaje necesario para el film y crea un mundo de imágenes que se independiza y va más allá (sin traicionar al autor literario) de las narraciones que le dieron origen. De este modo, la película adquiere la identidad que el director logra plasmarle, una identidad propia. El paisaje de Salta, con cerros de un verde increíble, la cercanía del cielo y las nubes, recrean un verdadero paraíso de luz, donde la pobreza se recorta casi como una “estampa”, un fresco. Lo lumínico que se anticipa desde el título (homenaje a Bergman), inunda las escenas del film, donde se relatan las peripecias de la pobreza, pero en un marco casi pictórico.

La importancia del espacio, los planos panorámicos proponen al espectador una visión inusitada de las “villas”de Salta. Lejos del hacinamiento de las villas de las megápolis, las villas de Salta aparecen incrustadas en un paisaje esplendoroso. Lo cotidiano y aun costumbrista, los animales domésticos, los ruidos y los silencios determinan el devenir de las historias que convergen en un espacio: el espacio de la villa y de una ciudad abigarrada y típicamente latinoamericana, con sus calles populosas, su comercio, su mercado y sus recovas, ciudad que no se nombra (como en los films de L.Martel) pero que sabemos se sitúa en nuestra América.

Digno de los cuadros de Murillo y Velásquez, lo doméstico y cotidiano se pinta con la paleta de un cineasta de gran sentido plástico: el rancho, el gallo de riña, las nubes, la mujer que lava la ropa en el patio, los chicos que juegan, constituyen verdaderos cuadros. Como el mismo Velásquez que se introduce en su propio cuadro, Arroz aparece en su film, en un ángulo que recuerda al que elige el gran sevillano en “Las meninas”. Ficción y realidad concatenadas, entretejidas a la manera de Fellini, de quien tampoco están ausentes los esperpentos y las luces reverberantes de Goya y los pintores flamencos.

Los personajes se delinean también con el cuidado del pincel: el mendigo, el relojero, la abuela, el jornalero sin trabajo, los niños y jóvenes, la madre taciturna y oscura (Deben destacarse las excelentes interpretaciones de Claudia Bonini, Rodolfo Cejas, Delia Vergas, Miro Barraza). La dimensión dramática surge de esos rostros y esos atuendos, no se dice ni declama, apenas se actúa. Personajes-arquetipo en un espacio que insiste en recortarse transparente, alejado de la sordidez que a menudo muestra el arte de denuncia.

Cineasta-pintor, Arroz avanza sobre el texto literario sin traicionarlo pero creando un inusitado mundo de luz que muestra l a pobreza con una dimensión de ternura que la alejas de toda visión tremendista y tortuosa. Los pobres en el filme conservan su dignidad, son los pobres y no los marginados o excluidos. En el ámbito de los cerros y las nubes, la pobreza deja de ser trágica, se atempera, se modula… Poesía de luz, este film, fresco de luz, mirada novedosa sobre la realidad social, una mirada si no esperanzada, humana.

Así como la novelística puede resolverse en textos polifónicos, de personaje, circulares, episódicos, dialogados, "Luz de invierno" se resuelve en el paradigma del espacio, de no-tiempo (a pesar del título, el film muestra un perpetuo verano): amaneceres diluidos entre las serranías, atardeceres también diluidos en el paisaje, a tal punto que –a despecho de la fijación de lo telúrico en el arte de la región lo espacial tiende a lo aéreo. Si algunas imágenes son constantes en este film, se imponen las imágenes de cielos increíblemente hermosos.

Esta película va más allá de lo meramente sensorial, cava en la intuición profunda del artista que atisba el paisaje humano enmarcado en el inconmensurable universo.

  • Liliana Bellone.
    Poeta, narradora, ensayista.
    Premio Casa de las Américas de Cuba (1993).