"LA TEMPESTAD"

El enfrentamiento entre hermanos

Liliana Bellone

Lunes 3 de febrero de 2014  

La geminación, la dualidad, el reflejo del “otro” narcisista y destructivo parecen encaminar las relaciones humanas que se plantean en La tempestad –reciclada- sin la instancia moderadora de la Ley, ausencia que causa una perpetua guerra, un perpetuo enfrentamiento entre hermanos, entre semejantes (los duelos criollos de la gauchesca y de Borges, donde uno es el otro y viceversa).

Si Shakespeare hubiera conocido Argentina

La Tempestad (reciclada)
Teatro Estable de Salta
Dirección y dramaturgia: Idangel Betancourt
Elenco: Idangel Betancourt, Araceli Burgos, Luis Caram, Esteban Chilo, Miguel Colán, Noelia Gana, Néstor Mevorás, Gastón Mosca
Asistencia técnica: Nahuel González
Diseño gráfico y videos: Federico Caram
Dirección de arte: Luis Caram
Dirección musical: Néstor Mevorás

En esta excelente puesta dramática, dirigida por Idangel Betancout, impecable por su trabajo actoral, vestuario, sonido y escenografía, está Sarmiento dialogando con Martí y Rodó, está el mismo Cristóbal Colón y los cronistas maravillados por el Nuevo Mundo, está el gran lector de Sarmiento que fue Ezequiel Martínez Estrada y su Radiografía de la pama y La cabeza de Goliat, ( y otros ensayistas y narradores como Ricardo Rojas, Jauretche, Scalabrini Ortiz, Canal Feijóo, Marechal y Roberto Arlt que interrogaron la realidad nacional) están los grandes problemas argentinos, la fundación, el mestizaje y la leyes enigmáticas que rigen los destinos de los pueblos, leyes que van más allá de lo político, Eros y Tánatos, mandatos remotos que reviven a Tebas y a Argos en constante repetición, en fraternas rencillas y parricidas desencuentros.

En La tempestad-reciclada- Si Shakespeare hubiera conocido Argentina, está el gran ideólogo de la burguesía y de la república, heredero de Alberdi, que es Sarmiento, como ya hemos dicho y su invocación a esa fuerza primigenia americana que es Facundo, esa sombra que tal vez pueda explicar algo de los cataclismos y convulsiones que sacuden a la patria. La tesis civilización-barbarie, tal como se entabla en la obra de Shakespeare a través de Próspero y el esclavo Calibán, suerte de Caníbal, salvaje proveniente del Caribe en la concepción euro-céntrica del autor inglés, coincide con la tesis sarmientina.

También surge como palimpsesto en el entramado de La Tempestad (reciclada) el libro Calibán del ensayista y poeta cubano Roberto Fernández Retamar, quien a través del símbolo de Calibán analiza la realidad latinoamericana desde la lectura de Sarmiento, Martí, Rodó, Ezequiel Martínez Estrada y Borges.

En la tensión dramática y en los sólidos parlamentos mixturados por las textualidades a las que nos referimos, surge la pregunta primordial: ¿Por qué se insiste en el fracaso, en la furia como motores de la historia? ¿Qué oscuros designios llevan a los argentinos a repetir los errores? ¿Acaso no fueron suficientes las cruentas guerras civiles, Rosas, la represión oligárquica contra el peronismo, los fusilamientos, el bombardeo de civiles en Plaza de Mayo el 16 de junio de 1955, dos meses antes del derrocamiento de Perón por militares golpistas y donde de murieron 380 personas, inclusive 40 niños (muchas más que en Guernica)?, la peripecia del cadáver de Evita, los 30.000 desaparecidos, la dictadura militar del 76, la guerra de Malvinas, otra Plaza de Mayo colmada para pedir la renuncia de un presidente, más represión y muertos?

Un manto fantasmal, como la niebla que cubre a las Malvinas, parece afirmar la condición ficticia de la realidad humana y no humana, configurada desde el lenguaje. Esta es la propuesta de Betancourt: la realidad como ficción, como discurso, pero discurso en el cual aparece un resto perturbador: lo real, lo sin palabras, en el sentido que da Lacan a esta instancia.

Calibán es la cuestión del “otro”, del distinto y del semejante, como plantea Tzvetan Todorov en La Conquista de América, del otro disminuido, explotado, al que se le enseña y al que se lo domina.

El “otro”, cuestión teatral, el otro del cuerpo, de la imagen, en una puesta que no decae en ningún momento, el drama en el escenario, mediatizado por la palabra y el gesto, el atuendo “que hace al monje”, hecho de restos y plásticos, maquillaje y plasticidad en un verdadero fresco expresionista y también isabelino y del Siglo de Oro con mascaradas, brillos y desopilancias. Trajes y perchas, vestuarios que se mudan, socavan personalidades y personas en una vasta sucesión de apariencias que recuerdan algunos films de Fellini y Ettore Scola, vacío de identidades y de ser en una secuencia de simulacros y apariencias fantasmales que transitan un escenario construido con desechos y fragmentos, casi sin deslindes con el público, parecieran remitir a una nada constitutiva e inasible.

El “otro” se plantea también en la figura femenina, en esa Eva Perón de los cuentos “El simulacro” (El hacedor) de Borges y en “Esa mujer” (Los oficios terrestres) de Walsh. En el primero, Evita aparece situada como un “simulacro”, una muñeca, como una marioneta o títere la que se acerca a las representaciones de teatro dentro del teatro como en Hamlet (señalado por el narrador-Borges en el mismo cuento) lo que tiñe a personas y hechos de irrealidad. En el cuento de Borges, Eva Perón y el mismo Perón fueron simulacros y nadie conoció sus verdaderos nombres, lo que deviene en una “falsificación” de aquella época, o sea en una falsificación de la historia, nada mejor para el pensamiento enconadamente anti-peronista de Borges. En el cuento de Walsh, “Esa mujer”, Evita no será nunca nombrada, y su cuerpo profanado ocupará el lugar del objeto, el objeto perdido y deseado cargado de erotismo y perturbadoras pasiones. En ambos cuentos se le niega a Evita algo, el nombre o el ser.

La tempestad-reciclada- posee la disposición del espejo: los actores, como reflejos representan a dos personajes: Próspero-Sarmiento, Perón-Alonso, Gonzalo-Evita… …Duplas que muestran el teatro en el teatro, como en el drama isabelino y también calderoniano. Los ropajes dispersos, las épocas diversas y la constante mutación de las identidades, tal vez regidas por un solo real, lo no dicho, proveniente del territorio del enigma tornará no pocas veces al espejo siniestro y aterrador, como son los espejos borgeanos. La geminación, la dualidad, el reflejo del “otro” narcisista y destructivo parecen encaminar las relaciones humanas que se plantean en La tempestad –reciclada- sin la instancia moderadora de la Ley, ausencia que causa una perpetua guerra, un perpetuo enfrentamiento entre hermanos, entre semejantes (los duelos criollos de la gauchesca y de Borges, donde uno es el otro y viceversa).

De este modo, lo épico y heroico se alejan, las luchas por la emancipación y la libertad encarnadas en figuras como San Martín, con las miras puestas en la patria grande, propuesta por Bolívar, dejarán paso a las guerras civiles, al enfrenamiento inútil entre americanos y entre argentinos. Entonces comienza la tempestad.

  • Liliana Bellone
    lilabellone@gmail.com