TEATRO - ENCADENADOS

El dilema del efecto cadena

Patricia Monserrat Rodríguez

Sábado 29 de septiembre de 2012  

“Encadenados” renueva el aire en la actividad teatral local. Primero porque plantan un dilema molesto en escena. Segundo, porque implica el retorno de Carlos Delgado y Juan Nicastro al escenario, y tercero, porque la producción del grupo regresa a las propuestas dramáticas fuertes pero no exageradas ni pretenciosas. El director mendocino Juan Comotti tiene gran mérito en esta curva de Bajofondo Teatro Club, ahora Inc.

Oportuno retorno
de Bajofondo Teatro

  • "Encadenados". Reposición del viernes 28 de septiembre. Otras el viernes 5 y el 12 de octubre a las 22, en el Salón Auditórium- Belgrano 1349. Entrada $40.

Todos saben que los actores se reconocen en el escenario, recuperan allí una vívidez que no se halla en ningún otro espacio real. Carlos Delgado y Juan Nicastro debieron ceder ese lugar en pos de la continuidad de la labor de sus grupos; se tornaron directores o docentes como una búsqueda y una gestión pero no por una elección deseada. Al verlos actuar están tan vivos que se celebra el retorno. La profesión del actor, sobre todos en campos en los que el desarrollo profesional aún no ha hecho cosechas abundantes, tiene esas mesetas.

Encadenados relata una historia cotidiana en esta postmodernidad: una familia disfuncional, padre psicopateador en pleno ejercicio de la violencia; madre enferma y negadora con resquicios narcicistas no resueltos; un pobre chico lastimado por semejantes engendradores; la galería se completa con una linyera casual-Laura- que quema los fusibles de esta cadena de trastornados y desencadena el cortocircuito.

La tipología de estos personajes compone un banquete para los profesionales de la psicología. El texto separa muy bien las víctimas de los victimarios y subraya demasiado el clima negro que romperá la relación familiar. Pero lo meritorio del trabajo es la sobresaliente actuación de Juan Nicastro, completada con mucha eficacia por Carlos Delgado y Natalia Rivero, esta última tan justa, con pocos matices logra dar en el clavo maternal que requiere el texto, superando la sobreactuación o la frialdad que caracterizaban sus últimos trabajos.

Y aún más grato fue la labor del director Comotti que recrea todo el universo familiar en un sillón simpsoniano ( Flia Simpson) y con pocos elementos da con la imagen y el clima cotidiano de la desventurada cara de una familia del tercer mundo, que no llega ni al desarrollo global ni al piso de la miseria. Encadenados visibiliza a la familia entrecadenas, entredesarrollos; no es ni una cosa ni la otra. Está en el engarce y funciona como el resorte tironeado de uno y otro mundo.

Esta metáfora – la de las cadenas- permite leer el efecto cadena en que el conflicto se arrebata, deja ver la relación de sometimiento de los miembros de la familia, transparenta el sádico carácter al que llega el padre y la perversión que se insinúa en la madre, y genera la simpatía hacia el chico y la mujer que lo redime. Ahora: ¿el agobio de las cadenas, el peso invisible de sus eslabones justifica el parricidio? ¿Es un gesto primitivo o instintivo o impulsivo este corte vital entre hijo y familia? ¿No habla de la violencia con la que los pueblos creen dar un paso adelante? ¿No justifica algo que evolutivamente y culturalmente es injustificable?

“Encadenados” pone en escena este dilema, lo muestra de manera cruda y sin mediaciones vacías. El tránsito del hijo deriva entre el si y el no, planteando la obediencia debida o la negativa sincera. El equilibrio aparece gracias a Laura. Este personaje se erige como la luz, el afuera, el otro que aparenta una indigencia que no tiene y que prodiga sensatez y ternura a esta familia trastocada.

El texto plantea una tensión creciente que el director matizó convenientemente con las imágenes que quiebran lo verbal, la investigación del grupo cargó tintas en la puesta y sobre todo en la elocuencia escénica de ese sofá. Absolutamente dolorosa es la imagen que construye Nicastro con el sofá a cuestas. Remite al mito sisifiano, pero también a la imagen del caracol, esa casa que lleva encima es una metáfora de tanta pesada herencia que no se puede resolver ni abandonar así nomás.

La dificultad de este texto,que salpica a la puesta,está en la previsibilidad de la escena final. Tanta verbalidad dilata, hace que pierda efecto el remate de la obra. La dinámica se aquieta, molesta, hace un declive inconveniente y demasiado positivo, casi mágico, para el clima negro y duro que acoraza a esta familia.

Finalmente hay que alegrarse por el retorno a Salta de Juan Comotti, creador y hombre de teatro mendocino, ganador de múltiples reconocimientos. Sus búsquedas estéticas han tenido que ver siempre con lo transgresor pero se muestra un hábil y comprometido constructor de metáforas escénicas. He visto uno de sus últimos trabajos, ya influído de lleno por la impronta de su maestro Pompeyo Audivert y la teoría del actor máquina realmente muy movilizantes y poéticos: La muchacha de los libros usados y Puente roto. Delgado y Comotti ya habían trabajado juntos en una interesante propuesta en 1999 creo, con la puesta de Producción de Bajofondo en los últimos años: "Entre nos"; "El fitito"; "El coordinador"; "Pequeña Cruel Bonita".

  • Patricia Monserrat Rodríguez
    Critica Teatral
    labutacateatro@yahoo.com.ar