FOLCLORE

Eduardo Falú, discipulo de si mismo

Gregorio Caro Figueroa

Sábado 10 de agosto de 2013  

"Mi relación con la guitarra es muy armónica y afectuosa. En el medio siglo que dura, ella y yo aprendimos a tenernos paciencia. Presiento que es un vínculo que seguirá hasta que nos separe la muerte". Desde los once años Eduardo Falú ciñe la cintura de ese sensual instrumento, mágica transmutación del cuerpo de mujer. La guitarra hizo crecer a Falú, es cierto. Pero no lo es menos que su espíritu y talento le dieron en la Argentina su mayoría de edad y blasones de clasicismo.

Elevó el folclore a un arte
clásico y lo universalizó

La conversación con Falú fue cordial: mostró esa modestia provinciana que las alturas de la fama no hicieron trastabillar. Su metro ochenta y pico de altura están abrigados del frío por pulóver cuello alto y pantalón de pana que combina con una boina verde musgo; le dan apariencia de aldeano vasco escapado de las pinturas de Zuloaga o Zubiaurre. Hace 42 años que vive en Buenos Aires, donde llegó con César Perdiguero y comunes sueños. Pero cuando regresa a los tiempos de La Candelaria y los Marrupe aflora intacta esa tonada salteña de las mocedades.

Dos hijos, cuarenta long-play grabados en la Argentina, más de media docena en Europa, un digital en Alemania el año pasado, centenares de composiciones, miles de conciertos y kilómetros recorridos por todo el mundo, más de un millón largo de discos vendidos, obras en colaboración con Borges y Ernesto Sábato, premios, un libro editado en España sobre él: contabilizar la obra de Falú es aproximarse a la epidermis del fenómeno más universal que ha producido Salta.

Esa cuantificación deja de lado, sin embargo, estimar esa madera especial de las que están hechos Falú y su guitarra. "No, no quiero dejar la guitarra. A los sesenta años Segovia pensó dejarla, pero no pudo. Pienso seguir en esto mientras duren los dedos. Los médicos dicen que lo último que envejece son las manos “.

"A las uñas no les doy cuidados especiales. Soy descuidado.. Cambio las gomas del auto, hago cosas. Si rompo una uña, me embromé. No puedo tocar. Utilizo yema y uña. La cuerda pisa ahí y resbala por la uña: ese es el sonido más redondo porque el sonido de uña sola es muy flaco y si fuera de yema sola es muy débil, bonito, pero débil". Los callos están durmiendo sobre las yemas, sin ellos no podría tocar. Segovia los mimaba. Esas manos tienen alma, guardan la memoria de años.

A los once años rasgó por primera vez la guitarra. Le atraía tocarla y a escondidas de sus padres pulsaba la de su hermano Alfredo, quien en rigor de verdad introdujo la música en aquella casa de Metan. Alfredo anduvo luego por la abogacía y Eduardo fue el artista de una familia de cinco hermanos. "Nací en El Galpón, pero pronto mis padres nos llevaron a Metán, donde me crié y fui a la escuela", recuerda.

No había lujos, dice. "Aunque se tuviera plata no podía haberlos como ahora. No había heladeras, se compraban las barras de hielo". Quizá el único lujo era el paisaje y esa libertad de chicos que continuó a los nueve años en Salta. Allí fue el matrimonio sirio de los Falú. "Entonces conozco la guitarra. En ese tiempo los peluqueros la tenían y tocaban entre corte y corte. Recuerdo a un señor Odilón Isidoro Rasguido —-que era mimbrero—; a Corvalán, que tocaba el mandolín; al maestro Díaz, que era pintor de brocha gorda. Y el Payo Solá, el Dúo Gauna- García. Eran estrellas".

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Eduardo Falú

Guitarra procede directamente del árabe. ¿Alguna cuerda secreta de viejísimos ancestros habrán movido en Falú cuando abrazó ese instrumentó? Misterio que va más lejos que la coincidencia de orígenes. "Mi padre no quería que tocar, entonces ser músico era el mejor pasaporte para farra y la vagancia". Falú fue discípulo de sí mismo.

“Años después estudié un poco de armonía con Carlos Guastavino. Pero más que todo fue mi intuición la que llevó a hacer lo que hice", refiere. Fue, además, su propio maestro. Leyó mucho guitarrística española, a Sor, a Aguado, a Domingo Prats. "Comencé a tejer lo popular con lo clásico, a dar otra dimensión a lo folclórico. Algunos dicen que hice un puente entre ambas cosas, esa fue la tarea de toda mi vida".

Su primera escuela estuvo en las "tenidas” frecuentadas por "El Burro” Lamadrid, los Dávalos, Roberto Albeza, Perdiguero, Manuel J. Castilla. La casa de los Marrupe era númerop puesto. También la de César Pereyra Rosas en Tres Cerritos o "en lo Batiti". "Era muy lindo. No avidez de hacer negocio, predominaban el lirismo y la amistad. Nos juntábamos sin pensar que había que trabajar al día siguiente. Era un tiempo de músicos, de poetas".

Con Perdiguero ("gran rnuchacho, ingenioso, con talento creador") escribieron "La tabacalera, alegato social.. "Nos levantamos contra las injusticias sociales", explica. Luego vino "Soñando con la cosecha", con Jaime Dávalos y más tarde "Sueño americano" y otras, "No esperamos que sucediera lo de Malvinas para descubrir que- la unidad latinoamericana era fundamental para nuestros pueblos". No todo fueron protestas. El amor marcó música y letras de Falú.

Una de sus primeras guitarras fue una que mandó a comprar don Gualberto Barbieri en la Antigua Casa Núñez. Mozo aún, Falú propuso enseñar guitarra a los presos de la cárcel salteña que Barbieri dirigía. "Me tocó enseñar en épocas de Santos Ramírez, que había puesto en jaque a la policía. Hombre duro, correntino y macanudo, fuera de sus cosas. Actuaba a dúo con Doroteo Hernández.

En 1945 llegó a Buenos Aires. Gente de Radio “El Mundo” los había escuchado en Salta y le ofrecieron los micrófonos. Buenos Aires era un monstruo intimidante que ofrecía un incierto futuro. "Aquí trabajé en “Sagaró”, por donde pasaron los hermanos Ábalos, Ariel Ramírez, Yupanqui. El folclore recién estaba calando en la gente. Era para un público selecto. Se escuchaba tango, boleros, música extranjera. En Salta había actuado con Lamadrid y el maestro Lo Giudice en LV9. Lo primero que compuse fue un trémolo "La fuga del sol", de tipo incaico. Mi primer éxito fue "La artillera’’. Grabé mi primer simple en 1950 en el sello T-K. Fue "La vidala del nombrador".

Falú comprendió que no bastaba con estilizar la música. Tuvo oído para escuchar a los poetas. Con Perdiguero y Dávalos empezaron a transformar las viejas letras de un pintoresquismo ingenuo de color "fiestero" y darles vuelo poético. "No podía subestimarse a la gente. Pusimos poemas dentro de las canciones. Esas letras eran como cantos rodados, andaban de boca en boca, se prendían al recuerdo y el corazón del pueblo. Jaime se tomó algunas licencias poéticas audaces para la época".

Luego se le abrió el mundo. La consagración en Buenos Aires, donde sus discos tiraban arriba de 20 mil ejemplares por edición, abrieron esas puertas. Fue a la Unión Soviética (1959), los Estados Unidos, Europa. En el 63, a Japón donde, en cinco años, ofreció más de 200 recitales. "Después querían que en seis meses diera otros 200. Llegué a los 80 y quedé agotado". No hay pueblo ni aldea japonesa donde su guitarra no haya tocado las fibras de los nipones. En Estados Unidos lo ovacionaron de pie. La prensa no recordaba en 60 años suceso guitarrístico como aquél.

Falú actuó en los teatros más importantes del mundo, incluido el Colón. Dice que el nuestro es más un símbolo de consagración para un concertista de guitarra: es un sitio más apto para ópera y ballet que un escenario ideal para la guitarra. "El micrófono y la guitarra no van juntos. Todo se desvirtúa si se pone sonido artificial, se prostituye, decía Andrés Segovia. En todo el mundo se prefiere el sonido natural".

Siempre hay que probar guitarras. La que prefiero es La Fleta de Barcelona, con ese sonido tan humano, pastoso. La madera debe ser de gran nobleza, estacionada. Y claro, el arte del luthier. Las cuerdas de nailon han sustituido hacia 1945 a la de tripa. "Los guitarristas hacemos de tripas corazón", bromeó una vez Andrés Segovia. Falú las recuerda: "Sonaban muy bonito, distinto. Parece ser que todo lo que tiene que ver con la vida está poseído de algo especial, tiene \ una resonancia especial la madera, las cuerdas".

"Esta es una profesión muy agradable. Jaime decía que servía para ponerle palabras y música al silencio del pueblo. Tengo muchos premios, pero siendo sincero le puedo decir que el mejor premio es el que me da la gente con su aplauso. Y no me lo quedo como un aplauso para disfrutarlo con egoísmo. Lo siento como un aplauso para mi país, para Salta, mi provincia. El hombre tierra que anda. Todo lo que uno tiene dentro y entrega en el arte es lo que su tierra le dio para nutrirse. Tocar me llena de alegría y felicidad. Me ayuda a vivir”.-

  • Gregorio A. Caro Figueroa
    gregoriocaro@hotmail.com
    Entrevista realizada en Buenos Aires en mayo de 1987.