Carlos M. Romero Sosa

Distancia y cercanía del primer libro

Viernes 27 de noviembre de 2015  

El profesor Raúl Lavalle, un amigo latinista con el que compartimos, entre otros empeños culturales, la aventura de la revista literaria Ápices desde el primer número, con su prodigiosa memoria de políglota me recordó que han pasado largamente cuatro décadas desde la publicación de mi libro inicial: un poemario en formato de bolsillo que titulé “Las veredas” y cuyo colofón documenta que se terminó de imprimir en marzo de 1975.

Dos veces veinte años es mucho tiempo lo cual hasta hubiera sido reconocido así por el mismísimo Alfredo Le Pera; como que al enfocar en perspectiva tal trecho, en general las situaciones que lo llenaron dándole sentido, densidad, dramatismo o distensión a sus horas, apenas suenan hoy en el espíritu con sordina; y las más veces ni siquiera eso pues finaliza ganando la partida el olvido, que juega siempre con cartas marcadas. No obstante surgen como rocas desafiantes al oleaje de la desmemoria, hechos y momentos intactos de esos años o, mejor expresado, reconstruidos por la emoción y el sacudimiento de recuperarlos.

Será por eso que me reconozco -o me reinvento- al promediar un diciembre de 1974, con los originales bajo el brazo de mis sonetos juveniles en extremo crípticos, al punto que mi tío el poeta Jorge Obligado me manifestó al leerlos que muy vagamente los entendía, por lo que me sugirió perseguir en lo posible la claridad; de coplas, ante las que advierto ahora que sí dejé algún margen para la frescura y la espontaneidad como lo requiere el género; o del “Romance de Lázaro Gómez”, un poema de tema histórico “cabalmente logrado”, según juzgó con benevolencia desde las columnas del desaparecido periódico Mayoría el escritor José Eusebio Rodríguez Caso y que yo compuse allá entre mis dieciocho y diecinueve años, en metro decasílabo.

Entre tantas siluetas superpuestas -o contrapuestas- trato de encontrarme llevando presuroso ese material mecanografiado a una imprenta y casa editorial recién gestada con nombre de fantasía “Eolo” y domicilio en la calle Uriarte al 1000, en el barrio de Palermo. Sus propietarios eran unos conocidos de Raúl Padró, mi compañero en la Facultad de Derecho de la UBA. El mismo que con el tiempo fue elegido por el voto popular, miembro del desaparecido Consejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires. Gracias a su intermediación pude conseguir un precio en extremo accesible que me permitió cumplir con el sueño -vivo desde la adolescencia- de ver en letras de molde mis versos. Por ese motivo, sumado a que su hermano, el artista plástico Pablo Padró me diseñó la tapa a su pedido, aparece dedicada a él la edición bajo la invocación a mis padres.

“Te puedes arrepentir de publicar prematuramente”, me había advertido tiempo antes mi padre que dejó afuera de su bibliografía, por juzgarlas cursis y tontas, sus propias plaquetas poéticas iniciales que dio a conocer en Salta. No lo escuché, tan convencido estaba de que mi labor veinteañera o incluso anterior a esa edad era ya madura y definitiva. Debía sentir que Rimbaud y nuestro Enrique Banchs me señalaban que la precocidad y la inmortalidad eran dos caras de una misma moneda. El desengaño me llegó a poco por supuesto, aunque no me arrepiento de esas “veredas” inaugurales; muchas veces con baldosas flojas en las que fui tropezando y me salpicaron en el apuro por llegar a ninguna parte: “Esquina sin vuelta” se titula mi más reciente poemario, como si algo me hubiera instado en forma inconciente, con la apelación a esa aporía, a cerrar un trayecto lírico y existencial cuatro décadas después de iniciado. Por supuesto espero que no sea más que una casualidad la denominación que se me ocurrió el pasado 2014.

Pero si no me arrepiento de esas aceras idealizadas a las que describí –lo advierto- tachonadas de “clavos de lluvia”, donde también el aguacero caería por igual sobre la ciudad y sobre mi corazón como escribió Verlaine, es porque a la colección le siguió más de una docena de nuevos títulos, algo demostrativo de que mi puntapié inicial en las letras no fue como el acné juvenil: un riesgo sobre el que me advirtió José Gobello en una nota bibliográfica que me dispensó algo más tarde.

Recorro sus páginas y encuentro el poema: “Almaraz Guevara como tantos”, síntesis y augurio de mi actitud rebelde de entonces y de ahora, aunque en la actualidad, lejos de cualquier dogmatismo ideológico piense con Octavio Paz que “la modernidad es el reino de la crítica”. Y de la autocrítica, agregaría por mi parte con perdón del mexicano.

Los versos mencionados conforman unas estrofas alusivas –mucho antes de abrevar en “El Che amor” de Alberto Szpunberg- a la utópica promesa redentora guevarista, extendida sobre el prefijado destino de pobreza y analfabetismo de tantos condenados de la tierra (Frantz Fanon dixit) que simbolicé en el nombre criollo “Almaraz”: en realidad el de un boyerito adolescente del campo de un bisabuelo en Tornquist y alguien siempre evocado con ternura por una de sus hijas: mi abuela materna, una escritora y periodista que no en vano frecuentó a Alfredo L. Palacios, colaboró con Monseñor Miguel de Andrea y le entusiasmó el discurso de un Coronel que hablaba de Justicia Social y de Soberanía en 1945, época en que hasta intercambió con él correspondencia…

Lo cierto es que estrené mi producción poética –desde antes venía publicando algunas notas en prosa- con parecido orgullo y ánimo de ruptura de quien lo hacía en mi generación y en las anteriores con los pantalones largos. Y cuánta alegría significó hacerme de los paquetes de la edición que ahora advierto debí cuidar más. atento las erratas que encuentro y que de nada vale justificar apelando al verso de Pedro Miguel Obligado: “gracias a mis errores he vivido”. La alegría, en tanto, fue un sentimiento compartido con la familia y los amigos y seguramente compensó en algo el desengaño que significó en mi espíritu el peronismo en el poder: derechizado durante los postreros días de vida de Perón y el gobierno de Isabel, hasta el extremo criminal de las Tres A, del “Brujo” López Rega, el fascista Alberto Ottalagano en la Universidad de Buenos Aires y el neonazi Alberto Villar como Jefe de Policía.

Un día domingo por la mañana de mediados de ese año 1975, mi madre que compraba La Nación al regresar de misa, me despertó con la noticia de la aparición de un comentario bastante favorable en el suplemento literario rotograbado de ese diario, sin duda producto de la pluma de Jorge Cruz. Y otro día recibí una carta manuscrita del inolvidable Adolfo Pérez Zelaschi, que sentí como un espaldarazo. Y otro día me llegó una invitación del poeta Vicente Trípoli para presentar la obra en el “Museo de Motivos Populares Argentinos José Hernández”, por entonces bajo la dirección de ese destacado miembro de la Generación del ´40. Y otro día el escritor Alberto Córdoba Zavalía se refirió al poemario en el acto celebrado en la sede del Museo, en la Avenida del Libertador, evento en el que la joven declamadora Marcela Casabella, le puso voz a algunos de mis versos. Y otro día mi padre trajo a casa la noticia de que don Bernardo González Arrillo, que en la redacción de La Prensa hojeó la obra enviada por mí a la sección correspondiente del matutino, había celebrado que su viejo amigo tuviera un hijo poeta.

Hasta que alguna otra jornada noté que se espaciaban las novedades atinentes al libro. Aunque entrado el tristemente inovidable ´76, Domingo V. Gallardo comentó su contenido en La Jornada de Trelew y Lucas Padilla en La Capital de Rosario, puntapié inicial éste de mi vínculo con tan entrañable sibarita del pensamiento y oportunidad de conocer de principio a fin su anecdotario, así como de mi colaboración durante veinte años en el diario decano de la prensa argentina que fundó Ovidio Lagos en 1867. Y hasta en abril del ´79 la obra demostró ser capaz de seguir ganando batallas después de…traspapelada; porque para entonces llegó a mis manos una carta de Manucho Mujica Laínez con frases alusivas al volumen, dictadas por su proverbial generosidad. (Tengo aquí que aceptar con Cherterton que el relato autobiográfico es el mejor pretexto para referirse a los otros, para el caso con gratitud).

Después, irremediablemente, se alzó el silencio sobre esas “veredas”, cada vez con ecos más lejanos de mis pasos que por las vueltas de la vida tomaron otras direcciones. Aunque ahora, y mejor que debido a la redondez de la tierra que permite el regreso desde las antípodas, por la espiral con centro en el corazón que traza la gentileza y atención de Raúl Lavalle, puedo reencontrarlas en otra encrucijada de la edad, de la visión estética y de la emoción.

  • Carlos María Romero Sosa es escritor y abogado.
    Blogspot: poetaentredossiglos.blogspot.com