ENTREVISTA

Delia Vargas: arte y reflexión

Lucía Solís Tolosa

Martes 11 de septiembre de 2012  

Con el reportaje a la actriz salteña Delia Vargas comenzamos una serie de publicaciones correspondientes a ese proyecto con la intención de que sirvan para conocer mejor el medio y valorar el terreno ganado por las mujeres. Ya que el trabajo se hizo con dinero público, no puede quedar en nuestras carpetas privadas. Ojalá alcance su objetivo. Quisiéramos también que esta página sea un homenaje pleno de respeto y afecto a la artista en su retiro.

Entrevistas: Mujeres y cultura en Salta

  • (Nota1)

- ¿Por qué cree que hay tan pocas mujeres que escriben teatro en Salta?

DV: - hay muchas docentes, profesoras de letras o no, que tienen necesidad de hacer teatro, armar textos. Adaptan cuentos, historias, poemas para la representación, pero luego no los publican. Es un material riquísimo. Hay una gran avidez de tener dramaturgia salteña. Pero quizá a las mujeres nos afecte la costumbre que pensar que no vamos a ser respetadas en nuestra producción. Entonces, escribo pero lo guardo en casa.

Voy a contar un caso: una vez, un alumno me trae un breve relato periodístico sobre un amigo de Hitler y me dice: “quisiera que representemos esta historia; esto me resulta interesantísimo”. La historia era mínima; sin embargo, la elaboramos; escribí la pieza y resultó algo exitoso. En ocasiones adapté cuentos. No publiqué; ahora sucede que se está haciendo cine a partir de uno de esos cuentos. Pareciera que, como creadoras, no sabemos dar el paso decisivo que consiste en dar a conocer nuestra obra. Y cómo no darla a conocer cuando no sólo interesa aquí sino que puede trascender al país. Tendríamos que asesorarnos y tener más conocimiento de cómo hacer para publicar.

- ¿Es posible que haya una salida a esta inhibición por la práctica de producciones y publicaciones conjuntas?

- Sí; esa puede ser una salida. Una posibilidad que puede llegar a ser muy alentadora es convocar concursos. Entonces saldrían a la luz esas producciones guardadas.

- ¿Cuáles cree usted que son los mecanismos que hicieron que las mujeres tengan un papel no igualitario respecto de los varones, en el ámbito teatral?

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DV: - Creo que funcionaban pautas culturales que nos inhibían. En lo que a mí respecta, siempre fui la oveja negra de la familia. Cuando estaba en la escuela, mientras decía poesías, participaba en los actos patrióticos y cosas así, estaba bien. Cuando crecí y quise hacer teatro, fue muy rechazado. Me decían en la familia: “¡Esa no es vida para vos! ¡Cómo vas a ir al teatro!”. Pero es que no era socialmente bien visto. ¡Qué no se nos ha dicho a los de Phersu!: comunistas, prostitutas, maricones, callejeras.

El horario en que ensayábamos era de 22 a 24, muy estricto, salvo cuando íbamos a estrenar. Se nos avisaba de antemano. Entonces ensayábamos de corrido hasta las siete de la mañana siguiente. Nos lavábamos la cara y nos íbamos a trabajar; yo llevaba mi delantal para ir a la escuela y mis compañeros su saco y su corbata para ir al banco o a donde fuere. Del ensayo, directo al trabajo. En realidad me sacrifiqué mucho volviendo a mi casa solita, corriendo a las tres de la mañana algunas veces. Una vez me siguió un hombre. Grité, golpeé una puerta para llamar la atención. Cuando asomaron varias personas por sus ventanas, el hombre huyó y me dejó tranquila.

Yo vivía con tutores y me costó mucho convencerlos de que me dejen ir al teatro. Una noche, uno de los muchachos me llevó hasta casa en el cuadro de la bicicleta. En eso tropezamos, caímos ambos y me quedó la cara toda raspada. En casa me instaban a que no cuente la verdad.

¡Cómo podía ser que fuera de noche y montada en la bicicleta con un compañero! Tenía que inventar otra versión sobre mis raspaduras.

Mis compañeros, en particular Edgar González, me aconsejaron decir basta. Para entonces yo ya trabajaba como maestra así que me dijeron: “no te pelees con tus tutores; andate a una pensión para poder tener independencia para viajar a Mar del Plata”. Ese verano llevábamos una obra a la costa. Así lo hice. Me mudé a una pensión y volví de visita una y otra vez a casa de mis tutores conservando una buena relación. Así me independicé. Me arriesgué; siempre fui arriesgada. Una de mis sobrinas me dice: “Tía, vos no tenés pudor”.

Lo cierto es que corrí riesgos pero después de mostrar cómo soy, fui siempre respetada. Una vez que salí y afronté esas resistencia, nadie tuvo nada qué decir. Tuve respeto de la gente, por ejemplo de los comerciantes, cuando iba a vender entradas para las funciones, la revista de Phersu, etc.

- ¿Tuvo roces también?

- Los hubo. Por ejemplo, hubo quien quiso sacarme dinero. Recuerdo a un periodista que me llevó por la calle Alberdi y me señalaba en las vidrieras: “me gusta esta camisa, me gustaría tener esta corbata”. Le conté a Perla. Me aconsejó que me mantenga firme y no me deje presionar para nada.

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Delia Vargas (clic para agradar)

En otra oportunidad sufrí el acoso de un compañero de teatro. Él había llegado antes del ensayo; cuando llegué a mi vez, me acorrala e intenta manosearme. Me defendí. Con el tiempo, este joven se vistió de gran señor y obtuvo cargos muy altos en la gestión cultural local. Me dedicó siempre miradas sobradoras, sea lo que fuere lo que yo estuviera diciendo. Me dijeron que se estuvo riendo de “las estupideces que yo decía por radio”.

- ¿Recuerda algún caso de celos profesionales por parte de hombres?

- Tengo un recuerdo bastante desagradable. Un colega de teatro –otro de los que obtuvieron cargos notorios- estaba viendo una pieza que yo puse. Vio dos ramas con que yo había armado la escenografía y, como concediendo aprobación, me dijo: “Ché Vargas, estás aprendiendo”. Esto dicho por alguien que se juega mucho en las escenografías, cuando a mí me importan poco; sólo lo imprescindible para que armen el clima teatral.

Los celos son terribles. Recuerdo que en la época de Phersu, le deben haber dicho a Perla que me saque. Ella les contestó: “Nadie me está rindiendo lo que Delia”. Y quedé. Al cabo del tiempo, hubo muchos artistas que pasaron, pero quien ha permanecido, fui yo.
Hay que ver lo que fue Perla y lo que hizo de Phersu, la trascendencia que tuvo. En las canchas, cuando uno se ponía a hacer juegos para lucirse, le gritaban: “¡Andate al Phersu!”.

- Se supone que el ambiente de teatro es de mucha libertad.

- En mi época, no. Siempre buscábamos ambientes serios para los ensayos, como por ejemplo un salón que había en la Iglesia La Viña, en la Sociedad Española, o la Sociedad Italiana. Las presentaciones las hacíamos en el Teatro Victoria, el Teatro Alberdi o el Centro Argentino. Al último usamos el saloncito de Crivelli.

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Delia Vargas en el filme Luz de Invierno de Alejandro Arroz (clic para agrandar)

Recuerdo una tarjeta que recibí con una dedicatoria: “Delia, hazte más mujer”. ¿Es que una se hace mujer al lado del hombre? ¿Habrá querido inducirme a ser más liberal? Yo he sido educada en el rigor, en el “no salgas”. El ambiente de Phersu no era lo que se puede decir muy liberal. No se tomaba café, no se hacía trasnoche –salvo en vísperas de estreno, como dije, y no para divertirnos-. Alguna vez habré ido a bailar con Edgar González. Si se hacía algún brindis, era en el departamento de Perla, con amigos como Raúl y Renée Aráoz, por ejemplo.

- ¿Recuerda a Marta Saavedra? ¿Era ella un modelo de artista de teatro por su presencia sensual?

- Sí, la recuerdo; en efecto, era llamativa. Pero no era exactamente un modelo. Y tuvo poca trayectoria.

Por mi parte, no me veo reflejada en esa imagen. Mi rasgo sobresaliente creo que es la expresividad. A algunos les molesta porque están en el naturalismo teatral, en una presencia gestual semejante a la vida cotidiana. Yo me reafirmo en una forma de expresión acentuada. Me inicié con farsa, trabajando como marioneta. Con Miguel Ángel Colado tuvimos seis meses de trabajo intenso para parecer tirados por hilos. Hice “La farsa del hombre y el queso”, de Aurelio Ferreti, “La farsa de la zapaterita” de García Lorca, piezas que me han exigido como artista, hasta el monodrama “Lady Macbeth”.

- ¿Tuvo otras actividades de teatro fuera del escenario?

- Nunca quise pelear lugares. Me sentí siempre bien con mi tarea artística y mi trabajo docente. No es común que te llamen para ocupar una lugar notorio, pero eso sí, cuando me tuvieron que sacar una idea, me halagaron; por ejemplo, insistiéndome con invitaciones a comer. Una vez propongo la idea de poner el 9 de Julio en Calle Florida.
Todo salió muy bien; fue un éxito. Quien me había convocado me dijo después: “Flaca, vení, nos candidateemos”.

En otra oportunidad, me convocan dos figurones y me proponen trabajar en Atocha todo enero. Me prometen llevarme en la combi del Ministerio de Bienestar Social y acompañarme en todo. Yo quedo trabajando con chicos y jóvenes todo el mes; ellos, apenas aparecían de visita. A fin de mes, el acto final. Los veo aparecer con unos bafles grandotes. Hablaron todo lo que pudieron; a mí no me llamaron para nada. Después aparecieron las empanadas y el vino y todo terminó. Mi hermana, que había ido a verme, me miraba con un mudo reproche: “te dejaste usar”.

He visto a muchos de mis compañeros tener cargos; a mí no me llamaron; no los busqué. Más bien evité tener cargos administrativos. Muchos compañeros que los tienen adoptan actitudes de superioridad, como que se posicionan en ejercicio de un poder.

- ¿Cree usted que su carrera es representativa, o es un caso especial?

- Mi carrera es excepcional, no es común. Me fui abriendo camino con los codos, con mi constancia, mi disciplina, mi trabajo. Y tuve cabida mientras lo hice. Aquí nadie te cae en cuenta, nadie te llama. Después de tanto esfuerzo y de muchos logros, no veo como respuesta que alguien diga: “¡qué maravilla esta actriz!”. Aquí te ponen un rótulo y tratan de ignorarte.

Ahora hay más actores y se están formando mejor. Egresan de la Escuela Superior de Arte, especialidad Teatro.

- ¿Qué puso el teatro en su vida?

- El teatro me ha dado muchísimo: la devolución del afecto del público, el recuerdo de las obras que hice, cómo quedó la memoria en el tiempo. Todavía hoy, muchos años después, entro a un lugar y me saludan con el nombre de uno de mis personajes. Qué impresión habrá hecho en mis espectadores para que no olviden veinte, treinta años después.
El teatro me abrió puertas. Me dio la posibilidad de viajar por toda la provincia dando cursos. Pude ver y valorar el trabajo del docente del interior: la imaginación, la capacidad creativa, la habilidad para desarrollar recursos, para mostrar su realidad en improvisaciones escénicas.

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Delia con uno de sus admiradores Miguel Llaó (clic para agrandar)

He tenido el reconocimiento de la gente del interior, donde he cultivado verdaderas amistades. El teatro me permitió ganarme el título de profesora sin serlo, porque enseñé expresión corporal y teatro en el Profesorado de Jardín de Infantes. El teatro me ha dado muchas satisfacciones.

Le explico el objeto de esta investigación como una forma de hacer visibles problemas de inequidad en el trato a las mujeres, que antes no eran visibles. Delia asiente.

- Había muchas cosas que se ocultaban antes. Como la violencia en las casas, o esos hombres –los vi en mi pueblo- que aparecían con las chicas divertidas que venían de otros pueblos y la levantaban a la mujer para que les prepare comida a las chicas. Y la esposa tenía que hacerlo y callar.

Hablamos de la función de la cultura para el desarrollo y de lo que podrían hacer en los ámbitos más pobres. Dice que hay chicos del grupo teatral de Monti y de Dany Veleizán que llevan sus títeres a las villas. Delia cree que la cultura puede tener un papel importante para que las personas puedan vivir mejor, y se muestra partidaria de que se faciliten las actividades culturales fuera del centro.

  • Lucía Solís Tolosa [1]. Licenciada en Filosofía y magíster en ética; periodista y escritora residente en Salta.
  • Fotos: Gentileza de Manuel y Miguel Llaó.


[1En 2003, gracias a una convocatoria del Consejo Nacional de la Mujer (CNM) con financiación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), coordinamos un proyecto de investigación sobre la participación de las mujeres en el ámbito cultural de Salta durante el periodo 1970-2000. A poco de iniciar nuestros trabajos, hubimos de suspenderlos por problemas económicos burocráticos ajenos a nuestro proyecto. No obstante, pudimos hacer algunos avances interesantes y arriesgar algunas conclusiones.