Lecturas: "Margarí"

Idangel Betancourt

Lunes 18 de junio de 2012  

"Magarí" cuento de Idangel Betancourt ganador del Primer Concurso Regional de Cuentos, por Salta. Publicado en el libro "Cuentos del Noroeste" con los ganadores del Primer Concurso Regional de Cuentos. Consejo Regional Norte Cultura. Salta, Editorial Purmamarka, 2011.

Quisiera ser un hombre me dijo Margarí, mi moto. Y todo volvió a ser real.

Al principio me deshacía en cuidados, ahora tengo los más disímiles olores y ni siquiera reparo en la acritud de la sangre. Nunca lo supo mi esposa. Ejecutar se me volvió un hábito. La muerte es lo único capaz de enfrentarnos a esa mezcla de anatomía y sombra pesada que somos. Esto hubiera dicho si hubiese sido un filósofo, un mártir, un... así y todo no puedo evitar un suspiro. Suspirar es uno de mis tic, el otro es dibujar figuras geométricas con la vista. La geometría es nuestra forma de perpetuarnos, de conseguir del mundo un punto por extremo que sea.

Probablemente nunca maté a nadie. Igual no ha sido la única vez que Margarí me habló. Mi mujer también me hablaba a veces. Hablamos el mismo idioma, pero las cosas tienen significados diferentes. Puede ser por eso que le oculté lo de la sangre. Le dije que había sido una paloma que pisé con la moto (ella no sabe que se llama Margarí. Ha sido mi otra infidelidad). Lo de la paloma no es del todo mentira. Cada día mato unas tres docenas de palomas, Buenos Aires está infestada de esos bichos. Las atraigo con un puñado de trigo y, mientras comen confiadas, las agarro con mi mano libre y les tuerzo el cuello. Sus huesos son frágiles (me viene una cosquilla a los dedos). Luego las apilo y les paso con Margarí por encima. Aplastadas de este modo parece un accidente.

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Desde el sur venía. Hacia el norte iba. Igual que el viento. No es necesario explicarse lo que es el viento, ni la velocidad. Son cosas que uno olvida cómo las aprendió. Pero cuando mi esposa me compró la moto tuve una nueva comprensión de ello, porque son los elementos que Dios utiliza para observarnos. Al pasar la avenida Belgrano apareció el Obelisco. El sol, como un galeón se amainaba en la tarde y en el fondo el cielo lo escoltaba con menudas nubes blancas. Como mi poesía no alcanzaba para describir lo que estaba viendo, empecé a encuadrar la imagen con la vista, según mi tic. Obelisco un triángulo, cielo azul con nubes blancas un rectángulo, sol un círculo. Y una vez terminado, cuando lo uní todo, me di cuenta que tenía delante la bandera argentina. El Obelisco era el asta y lo demás estaba claro: el cielo azul, las nubes blancas y el sol. Del sur venía. Al norte iba. Todo parecía de una belleza turística, si no fuera porque el mismo paisaje de la bandera que yo había compuesto me pareció un cementerio. Sobre una moto tomas conciencia de que todo a tu alrededor se mueve, sin embargo, cuando bajas y caminas hacia tu casa, hacia el fuego de siempre...

Juliancito fue el primero. Me vino a vender pañuelos descartables frente al Teatro Colón. No los necesitaba, le dejé un peso, una limosna, pero él insistió en dármelos o no lo dejarían irse hasta venderlos todos. Juliancito tiene 11 años, solía regalarme entradas que robaba a las viejas en el Colón. Me había pedido que le enseñara inglé para chamullarle a los gringos. Lo pasaba a buscar a las 21, tirábamos lo que quedaba del saco de pañuelos en la costanera y completábamos para su padre con la plata que yo había sacado en el día. A Margarí le gustaba su compañía, nunca me dijo, pero supongo que se trataba de su instinto maternal. Le enseñé inglés a Juliancito, le enseñé a matar palomas y que todo lo que anduviera cagando por la vida debería morir del mismo modo. Su caso es famoso, hace tres meses salió en todas las noticias: Menor de 11 años apuñaló a su padre mientras dormía. Último momento parapanpán papán. El padre asesinado tendría antecedentes por droga.

Con Juliancito había venido Neri, dos o tres años mayor. Cuando vio a su amigo en la tele me dijo que quería ser como él, famoso. Le dije que empezara a robar teles, que sería famoso por desaparecer teles. Era una broma, por supuesto, pero pronto me vi destruyendo tres o cuatro televisores por semana. Al proyecto se habían sumado dos pibes más. Sacaban los aparatos del puesto de un tío de Neri que se dedicaba a asaltar camiones de electrodomésticos.

Cuando esta tarde llegué a Barracas, el tío le estaba dando una paliza, lo había sorprendido con un televisor de 12 pulgadas; le pegaba como si fuera un hombre. Margarí rugió desconsolada, apagó sus luces, y enceguecida aceleró a fondo hasta estrellarse contra el abusador. No le bastó con tirarlo, me obligó a reponerla y con un giro pasó sus ruedas sobre el estómago primero, sobre la cabeza después. Margarí y Neri han quedado heridos, trato de sacarlos de la ciudad. Es grandiosa la Autopista del Sol, es una lengua lamiendo el horizonte. Desde el sur venimos. Hacia el norte vamos. Pero temo que tendré que abandonarlos, estoy sufriendo uno de mis ataques de asma. Trato de convencer a Margarí que no puede ser un hombre y que si así fuera, su misión ha llegado a su fin. Dejaré a Neri donde lo puedan encontrar y le den auxilio; dejaré a Margarí cuando llegue a la frontera con Bolivia. Tengo plata suficiente para seguir entrenando a otros niños en América, mi mujer no tardará en volver a reunir ahorros. No la abandono sin culpa, desde que supe que lo iba dejar todo he soñado constantemente que me cortan las manos, pero qué importancia tiene mi pesadilla en este mundo; acaso pueda más el sueño de Margarí de alcanzar la perfección del hombre.

  • Idangel Betancourt
  • (Bs. As. 2004 – Salta 2 de enero y 2007).