Mozarteum

Un cierre de lujo de los 30 años

Pablo Alejandro Sulic

Viernes 11 de noviembre de 2011  

El concierto de Tchaikovsky para Violín puede equipararse perfectamente en virtuosismo y complejidad con el Concierto de Rachmaninov. Los privilegiados asistentes al Mozarteum tuvimos la oportunidad única de escuchar desde las mágicas manos de Cardenas una versión a la altura de los legendarios intérpretes que lo han ejecutado.

Dos solistas de antología

  • Concierto cierre de la 30° Temporada del Mozarteum Argentino filial Salta. Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas, Venezuela, dirigida por el maestro Rodolfo Saglimbeni. Miércoles 9 de noviembre en el Teatro Provincial de Salta. El programa: Concierto para violín y orquesta de Tchaykovsky (primera parte). “Concierto para piano y orquesta Nº 3 en Re menor, Op. 30” de Sergei Rachmaninoff (segunda parte). Solistas: Alexis Cárdenas en Violín y Peter Donohoe en piano

Con un vocabulario emotivo desde lo brillante y triunfal hasta lo melancólico y brumoso la melodía se paseó por todos los estados imaginables. El primer movimiento tuvo gracia y digno lirismo desde la primera nota que sonó en el teatro, llevándonos al apacible espejo de agua del lago de Ginebra en Suiza. Los pasajes de fuerte turbulencia tuvieron en las manos de Cardenas la medida interpretativa justa.

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Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas

Hubo diálogos entre solista y orquesta, pero también titánica lucha por la supremacía melódica, mientras la polaridad se definió en la bellisima cadenza, interpretada por Cardenas con absoluta beldad apolínea, mientras el tema principal es vestido de un aire de improvisación, variado a través de recursos tales como arpegios y escalas cromáticas donde la habilidad del violinista literalmente asombró a la concurrencia.

La cadenza fue completamente contrastante con lo que ocurrió anteriormente, íntima, profundamente melancólica, la voz del compositor emergió de cada cuerda del violín sorprendente de Cárdenas, con una sonoridad que literalmente licúa y disuelve el sonido para transformarlo en sentimiento puro. El final emerge como la erupción volcánica en una enérgica danza rusa que tiene un aire de abandono y alegría de vivir.

Aquí todos los colores del cielo y del aire ruso se despliegan, mientras la orquesta acompañó a la perfección los vaivenes violinísticos. La ovasión del público de pié fue la respuesta lógica para semejante proeza musical y Cardenas respondió como solamente el puede hacerlo, con un aire de improvisación que mezcló un ritmo venezolano con una melodía de Piazzolla. Definitivamente una versión antológica.

Para completar una noche especial, Rachmaninov en las manos de Donohoe, uno de los conciertos más comprometedores para cualquier pianista que se anime a interpretarlo. Ya desde el principio, la melodía en octavas anuncia un canto de la Iglesia Ortodoxa rusa, para seguir con un expresivo tema que es presentado por el pianista, y que le permitió demostrar la claridad, y la técnica asombrosa del pianista que tocó todo el tiempo de memoria. En la masiva cadencia separada en dos partes claramente, Donohoe demostró la radical energía que emerge de cada acorde de sus manos.

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El director y Alexis Cárdenas solista venezolano

El intermezzo es una melodía típicamente al estilo de Rachmaninov, tierna, romántica, a modo de variaciones, utilizando el recurso de descenso melódico para expresar tristeza. El motivo tuvo tratamiento orquestal y luego en el piano aparece transfigurando la melodía. Para el final Rachmaninov se reserva virtualmente toda sonoridad imaginable para arrancar de las teclas de un piano moderno, transformando esta pieza en una performance de alto vuelo. Aquí aparecen una serie de temas derivados del primer movimiento lo que crea una unidad formal de la obra. La relación entre pianista y piano fue titánica de principio a fin, con una interpretación monumental de la obra.

Como ofrenda los músicos regalaron Alma llanera y una seguidilla de ritmos caribeños que nos trasladó a un salón de baile para disfrutar de la danza. La entrega, humildad, profesionalismo de solistas, director y orquesta, fue de principio a fin un regalo de lujo para una noche esplendida que despidió el festejo por los 30 años del Mozarteum hasta la próxima temporada, será difícil igualar ésta sin dudas.

  • Magister Pablo Alejandro Sulic
  • Fotos: Isidoro Zang