Brie destejiendo al otro César Brie

Patricia Monserrat Rodríguez

Miércoles 25 de marzo de 2015  

Evidentemente hay una necesidad a la que da respuesta este artista, un respeto ganado con honestidad artística y ejemplaridad ética. Hay una necesidad en Salta de César Brie, de su palabra, de su llegada, de su guía entre patriarcal y compañera. Sino, no se explican las filas extensas en la Sala Juan Carlos Dávalos, la programación de una segunda función en El Teatrino y aún así, la desilusionada queja en boletería de la 30° Fiesta Nacional del Teatro por las localidades agotadas para su espectáculo.

Hay algo, entre mítico y curioso que hace que ocurra este fenómeno cada vez que es programado. Y vuelve a suceder cada vez: el martes 24 de marzo hizo un viaje a su “semilla” ante la sala suspendida en un solo suspiro.

“Fui ”es un unipersonal escrito, actuado, dirigido y sentido por César Brie. El espectáculo dura alrededor de unos 80 minutos en los que la ceremonia se abre a la pobre luz de una vela, en un espacio encrucijado, con la platea hecha ojos que actúa como los seres tribales alrededor del chamán, el sabio de la comunidad que hace una doble convocatoria: a sus congéneres herederos de la palabra y a sus propios fantasmas, a su semilla parental. Así, la abuela de César, la madre, los hermanos, el padre y su propio niño son evocados por el sabio, quien va destejiendo el ovillo de su memoria. Y en ese espiralado ejercicio hacia el pasado, se detiene a reconstruirse en su memoria; mientras narra acuden las imágenes con la serenidad del mar en una bahía cerrada, con absoluta sensualidad, con silencios, con música, con temperamentos tan intensos.

La obra apenas se limita a mostrar en partes los cuerpos vacíos pero presentes, son potentes los elementos elegidos, las formas de llenar las auras con un espectador impactado por el reemplazo; los desplazamientos del oráculo invertido se nutren de momentos de sutilezas graciosas y sobre todo de poesía. El espectáculo es la poesía homérica de un joven que se va con el teatro, que se nutre y se acompaña de él, que hace de él su oficio, su pan y su agua. Y con eso nos convida a todos…

Y como un hombre sabio, sabe que su espectáculo es él y su palabra. Por eso, la cuida y se nos entrega en escena: aparecen el padre protector, la madre tan dura, la abuela imponente; los hermanos inscriptos en el cuerpo del artista. Gestos simples y potentes a la vez; se presentan los miedos de la infancia, los tormentos de esa etapa, los tránsitos y lugares recurrentes del oficio. La obra esta hecha de retazos, de idas y venidas, de viajes, de ecos y de sombras.

La platea se halló abstraída en un espacio y tiempo suspendido; las butacas de arriba y abajo eran un solo silencio, un hermanamiento apenas interrumpido por un joven “con la nariz y los sesos están tapados” que desconociendo las convenciones teatrales se sumó al ritual como si fuera un niño invitado a jugar. La comprensión y la serenidad con la que el artista veterano en escenarios manejó el momento formó parte casi del espectáculo; por un instante parecía un naufragio en escena y por otros él hacía como si fuera “el opa del pueblo”.

Obras de la Memoria Nacional

La edición número 30 de esta Fiesta del Teatro Independiente tuvo además una vanguardia impresionante para llegar a la celebración de la Memoria. El grupo tucumano llevó a escena una poética puesta sobre el tema durísimo de la trata, las desaparecidas, las mujeres que no regresan nunca más. La obra “El tiempo de las mandarinas”, escrita por Rafael Nofal y llevada a escena por Jorge de Lassaletta nos deja resonando los nombres de Marita Verón y de María Cash sobre todo, pero nunca dicha del todo, siempre rondando en la memoria a través de datos perdidos, que nunca han develado sus destinos. Este trabajo también va y viene en viajes del tiempo, recuerdos evocados o presentificados, escenas a oscuras y perfiles donde cualquier mujer se reconoce. Y la plaza, el lugar de la espera puesto allí como un símbolo hecho piedra.

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La obra de Córdoba recuperó el teatro político puro y duro en su mejor expresión. “Operación Pindapoy” ofreció una versión muy bien documentada de lo que podría haber sido el secuestro y fusilamiento de Aramburu en los años 70 por parte de los primeros Montoneros armados. De esta puesta hay que destacar no sólo el tema histórico revisionado por el grupo, sino la multiplicidad de estéticas con las que el grupo le quitó pesadez a esta temática. En escena se vió grotesco, expresionismo, el teatro de Kantor en una escena que levantó aplausos en los conocedores de la estética del teatro de la muerte; y sobre todo el realismo que ocupó el centro de la polémica política, es decir, la justificación intelectual de las partes en disputa. En paralelo asomaron textos de Rodolfo Walsh y otros autores que integraron un corpus denso y sabroso para los filopoliticos.

  • Patricia Monserrat Rodríguez
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