A 35 años del álbum "The Wall”

Martes 2 de diciembre de 2014  

El quizás más significativo álbum de la banda inglesa cumple años tras su salida al mercado en 1979. El disco fortaleció las finanzas del grupo, aunque incrementó el ego de Waters. Ante el fenómeno Pink Floyd, el mundo se divide en dos tipos de aficionados: los que los adoran en todas sus vertientes y los impacientes, que en sus discos nos saltamos las partes de elegante divagación buscando la miga de los tres cortes asequibles.

El disco insignia Pink Floyd

El doble “The Wall” –qué camp suena ya lo de “disco doble”– cumplió 35 años. Es la segunda obra más celebrada de un grupo británico de culto, solo por detrás de “The dark side of the moon” (1973).

El Muro supuso en su momento (1979) un acontecimiento cultural: cinco semanas de número uno en el Reino Unido y quince en Estados Unidos, donde vendió más de ocho millones de discos. El sencillo “Another brick on the wall (Part II)”, cuyo sonido disco está en las antípodas del canon Floyd y fue una idea del productor Bob Ezrin, sigue vigente. “The Wall” fue el disco que salvó literalmente a Pink Floyd, pues liberó a sus miembros de la bancarrota. Pero también acabó con el grupo que no resistió la lucha de egos.

En 1965, los estudiantes de arquitectura Roger Waters (bajo), Nick Mason (batería) y Richard Wright (teclados) se juntaron con el guitarrista, cantante y compositor Syd Barret, un atractivo estudiante de arte, de psique herida y genio amplio y desaliñado. Barret les puso el nombre, tomado de dos ignotos músicos de blues campestre, Pink Anderson y Floyd Council. Pero blues habría poco.

En 2006, Barret fue sustituido por el guitarrista David Gilmour, más terrenal y técnico. Nacía la segunda etapa de Pink Floyd, con Gilmour y el complicado Waters repartiéndose la composición y las voces.

“The Wall”, que nació como un concepto teatral y daría lugar en 1982 a la pomposa película de Alan Parker, está protagonizada por el músico de rock Pink, trasunto de Waters. Cada ladrillo del muro refleja una de sus angustias: el padre caído en la Segunda Guerra Mundial, la madre sobreprotectora, los profesores fríos y sarcásticos, las drogas, la egolatría, el mesianismo casi fascista ante los seguidores… Hasta que el final llega la catarsis purificadora, la caída del muro.

El disco se grabó en tres estudios, en Londres, la Costa Azul y Los Ángeles. Orquestas, tres coros, músicos de sesión… El triunfo fue absoluto. Pero a Pink Floyd, en su versión íntegra, ya solo les quedaba un episodio más.

Desde entonces han publicado tres discos bajo el nombre de Pink Floyd, de calidad debatible y construidos con la ayuda de talento mercenario. El último acaba de salir, se llama “The Endless River” y aseguran que será el punto final. En realidad es una colección de descartes de “The Division Bell” (1994), pulidos con buen gusto.

Mientras tanto “El Muro” ha seguido cayéndose y levantándose con gran éxito. Entre 2010 y 2013, Waters sacó a su hijo de gira, 200 conciertos por todo el planeta, con estadios llenos e ingresos más de 300 millones de euros.