95 minutos de tensión eterna

Patricia Monserrat Rodríguez

Sábado 4 de agosto de 2012  

Se presentó en Salta la obra “Lluvia constante” en el Teatro del Huerto. Hoy sábado 4 de agosto vuelven a subir a escena por ultima vez, estos dos gigantes modernos de la actuación en una obra que lastima, estremece, acalla el alma y genera una tensión difícil de igualar. La historia es imposible sin compromiso actoral y espectatorial. Es un alivio que sea una ficción y es terrible porque cuantas veces uno sabe que puede ser verdad, es materia de una singular pero posible crónica policial. Por eso duele.

De caínes y abeles desmadrados

“Lluvia constante” apela a un código absolutamente masculino pero no es teatro de género; devela los pliegues del alma del “varón perdido” por la postmodernidad. La seducción de esta obra consiste en eso: es tanta la corrupción que desata que el lenguaje, la música y las imágenes no alcanzan para mostrar los límites desbordados de la amistad de estos dos amigos, a quienes también los une la profesión.

La autoridad se hace añicos, la policía no queda bien parada, la delincuencia menos, las mujeres peor, el amor redime un poco. La obra rompe con todo el sistema de valores instaurado, quizás lo único que se fortalece aquí es la figura del varón y de la amistad, aunque un solo argumento feminista o axiológico devastaría también esta afirmación.

La cultura oriental dice que todo hombre “malo” es completado por uno “bueno”. Los occidentales hablamos de maniqueísmo para referirnos más o menos a la misma idea y la cultura global actual se ocupó de difuminar e hibridar esos conceptos. Los ha complejizado de tal manera que en todo ethos cabe un pathos. La tensión de estas dos fuerzas es constante. Si uno tuviera que definir o acercar una propuesta de género a esta obra diría que es una tragedia del siglo XXI.

“La historia se llama “Lluvia constante” porque en un momento empieza a llover. A la lluvia se la puede relacionar de diversas maneras, puede ser purificadora, pero en este caso no, es la generadora de los conflictos y por eso es constante. Si no hubiera llovido, esta historia no habría transcurrido. El agua complica todo.” (Furriel-De la Serna en El Tribuno)

Ver “Lluvia constante” implica dejarse atravesar por una ráfaga de balas que derrumba esperanzas. O bien naufragar en un diluvio moderno. Y salir modificado o al menos, entero de la experiencia.
El argumento es simple: dos amigos que se conocen desde la infancia- Rodo/Furriel y Dani Marchetti/ De la Serna, eligen la misma profesión para sentirse menos miserables; “servir a la comunidad” como policías es la salida que hallan para ejercer la violencia desde el pedestal de la justicia. A veces las profesiones subliman la parte patética de una persona. Este es el caso.

JPEG - 40.4 KB
Furriel y De la Serna (clic para agrandar)

En el medio una situación límite, a la que llegan por los malditos absurdos de la vida, llegan a “la traición”. Traición en los dos ámbitos más dolorosos del ser humano: en el amor y en la vida. Pero no una traición de signo negativo, sino a la inversa; aquí se construye la traición como la única manera que les permite una continuidad de la amistad y de salvación a estos cáines y abeles de la modernidad. Así como para dos siameses existe una única posibilidad, así para estos dos “hermanos” hay una sola salida a la cordura de la humanidad. Tan dura como la ley de la sobrevivencia. Tan triste como el sacrificio bíblico.

“Lluvia constante” pone todo en duda, habla de la lealtad, de la corrupción, del dolor y del amor, de los hombres y sus mujeres, de la justicia imposible, de la intolerancia galopante, de la violencia. La obra codifica a la madre de todas las violencias, se desmadra de todo y contra todos.

La obra comienza con un relato pesado, invoca a la platea para que se erija como la destinataria de esta historia que empieza narrando desde el final. Los primeros minutos de la obra son fragmentos que hacen errar al espectador en su búsqueda de sentidos. Apenas comienzan las escenas de la lluvia los hilos del relato impermeabilizan la entrada del público en el sentido de que todo lo que empieza a ocurrir es hacia dentro de la escena; la acción dramática y el conflicto comienzan a horadar las representaciones sociales de lo bueno y lo malo logrando un marmolado a través del cual la crudeza y la ternura se hacen visibles.

¿Cómo es posible que dos jóvenes actores logren esta clase de tensión tan intensa? Compromiso y sensibilidad. Joaquín Furriel se destaca en las imágenes que crea con la palabra; Rodrigo de la Serna hace lo suyo entregando su cuerpo entero a la violencia desenfrenada y a la ternura primitiva que le exige su personaje. Varios críticos porteños hablaron de una lección de actuación. Y eso es.

Pero la puesta entera cobra relevancia, desde la escenografía (Alberto Negrín) hasta la imperante banda sonora que apela al ave maría para hablar de esta redención tan masculina. La dirección del maestro Daulte no ha dejado hilachas sin descoser.

Finalmente hay que decir que la platea estuvo compuesta mayormente por parejas, a pesar de la galanura indiscutible de estos dos actores, el argumento y la profesionalidad de la producción son el atractivo más fuerte de esta propuesta.

  • Patricia Monserrat Rodríguez
    Crítica teatral.